COSTA RICA MÁS ALLÁ DE LA ISLA DE COCOS

Publicado en:Escapate 21

“…pero así fue nuestro viaje de buceo a Costa Rica, en el que planeamos un viaje cruzándonos el país en coche y buceando en las islas remotas de Islas tortuga e Isla del Caño, con la osadía de saltarnos premeditadamente la Isla de Cocos y sus trescientos tiburones martillos, para emocionarnos con un arlequín que paraba en El acuario, un punto de buceo en el Pacífico Costarricense”.

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Una de las grandes mentiras del buceo es que para practicarlo y considerarse buceador haya que irse a la última isla, la más remota del Google Maps para poder decir: “Sí, me fui de viaje de buceo”.

También es mentira que tengas que realizar una media de tres inmersiones de buceo diarias como mínimo durante una semana, parando sólo para comer y a actualizar el logbook, para poder contar con la boca grande lo que se ve en la temporada primavera-verano en el destino elegido.

Otros lo que practican es una de peinar las costas y  darle más de una vuelta, aprovechando que la península ibérica es eso, una península, y que además esta al sur de Europa y tiene periodos de agua calentita.Dentro de esta tipología hay unos más radicales, de los que se podrían tatuar animales marinos y meterse en trajes secos en repetidas ocasiones, que recorren nuestras costas saltándose canarias durante todo el año, y diciendo con orgullo en febrero:  “Sí, este fin de semana también fui a bucear”.cr-puerto-viejo-26

Por una cuestión de seguir escribiendo en este medio, no voy a comentar más de estos especímenes que abundan como lectores de esta revista, y porque yo también he pecado de superbuza con frío y por vicio y no voy a renegar de mi pasado por si vuelve, pero en este momento de mi vida como buceadora, practico una última modalidad alejada de todas estas y que marcará la narración de mi viaje a Costa Rica, que es el cometido del presente artículo.

Esta modalidad podría descansar en un “porque tu puedes hacerlo” o en un más áspero “porque  tú puedes permitírtelo” pero que recae en su realidad, en una evolución y en una fuerte convicción moral en la que ando trabajando últimamente y que ayuda a frenar el mundo desquiciado en el que andamos subidos: la clave no esta tanto en lo que puedes hacer, como en hacer lo justo para encontrarse bien, como quien saborea un plato degustación que sin ser más grande que una aceituna esta viviendo una experiencia culinaria.

De esta forma, hay especímenes que nos vamos de viaje a la otra punto del atlántico días y días y buceamos seis veces, y además descaradamente, verbalizamos que entre otras cosas fue un  viaje de buceo. Puedo decir que no buceé más  porque no lo considere necesario y mi condición de tetrapléjica no fue una excusa.

Aclarado esto, habrá quien me mande un montón de mierdas con ojos o un puñado de bailarinas sevillanas, pero así fue nuestro viaje de buceo a Costa Rica, en el que planeamos un viaje cruzándonos el país en coche y buceando en las islas remotas de Islas tortuga e Isla del Caño, con la osadía de saltarnos premeditadamente la Isla de Cocos y sus trescientos tiburones martillos, para emocionarnos con un arlequín que paraba en El acuario, un punto de buceo  en el Pacífico Costarricense.img_9137

Tras llegar en ferry a la península de Nicoya, el centro de buceo que nos llevó a Islas Tortuga no necesitó de grandes infraestructuras para sorprendernos, de hecho, se componía de una pequeña caseta que tenía la magia de estar dentro de la reserva de Curú. Muchos de los animales que prometían las guías y salían dibujados en las entradas de los infinitos parques naturales que hay en el país, se nos habían resistido a la vista para sorprendernos allí revisando los equipos. Un mapache, un cervatillo y varios  monos nos observaron más atentos que un alumno de open wáter.

 Recuerdo ir en la zodiac con una sonrisa y la brisa en la cara, a lo que se sumaron las historias que el patrón nos contaba sobre ballenas jorobadas, a gritos y en lucha con el motor por ser escuchado. Estaban en época de cría, y aunque no pudimos verlas, nos emocionó escucharlas durante las inmersiones y saber que estaban cerca.cr-camino-islas-tortuga-06

Antes de ir a los puntos de buceo paramos frente a Isla Tolinga. La imagen era la portada de cualquier revista de vacaciones de sol y playa; arena blanca, palmeras y agua turquesa y calentita, con la diferencia de que los que estábamos allí éramos nosotros, en un aquí y ahora en el que no nos importó esperar a otro buzo un rato lo suficientemente largo para poder convertirse, a la madrileña, en una de insultos y berridos, pero que allí, en el agüita sospechosamente calentita del sorty, fue pura vida y calmita costarricense.

Ya en el punto de buceo, una entrada algo caótica, fue el previo al mar de fondo que no nos abandono en toda la inmersión y que subió el estatus de la segunda, de la que salíamos más contentos. Peces loro, peces Ángel y Mariposa, cirujanos y algún tiburón punta blanca, fueron los bichos que el Pacifico quiso enseñarnos. En una valoración de éstas que hacemos los buzos, en las que hasta ponerse el neopreno se recuerda  con gusto. Fue un buceo perfecto por mucho más que lo que se ve dentro del agua.

Tras el primer contacto con el buceo, nos dimos un tiempo en superficie de 4 días en el que bajamos toda la costa del Pacifico para llegar a la península de Osa y cruzar desde Bahía de Drake a Isla del Caño. A medio camino, comiendo en Uvita tras ver la playa de Marino Ballena, donde puedes ver como al subir la marea desaparece un espigón de arena y se enfrentan las olas de dos playas, y mientras veíamos jarrear agua sin intención de parar, el camarero nos avisó de los cinco ríos que el 4×4 que llevábamos tenía que pasar para llegar a Drake. Sin dejar de oír caer el agua a cubos, decidir si arriesgarnos a cruzar para llegar el día de buceo programado solo tenía una opción, esperaríamos al siguiente día.img_9070

Pasamos un río, y otro, y otro, hasta pararnos dudando desafiantes en el quinto y último, donde una ranchera  nos adelantó y como Moisés nos abrió paso para que consiguiéramos llegar a Drake, que tras todo el turismo visto los días anteriores, nos pareció, con sus calles de tierra y poco de todo, el rincón perdido de Costa Rica.img_9145

Al día siguiente, desde Drake a Isla del Caño una hora de trayecto en lucha con el Pacífico me movía  sentada en mi silla de un lado a otro y me hubiera sacado por la borda si no hubiera sido por el puñado de pies y manos que apretaban la silla contra el suelo. Cada vez que poníamos la sonrisa que debía de ser recompensada con una brisa marinera, el mar que no hace justicia a su nombre, nos vomitaba agua de frente, rompiendo el encanto y desmontando mi bucólica imagen de ir en barco. Al día siguiente se aderezó con una lluvia intensa  que no paró hasta que entramos en el agua. Humedad del 100% para aliviar nuestras contaminadas pituitarias nasales.

Los dos días que buceamos en la Isla de Caño comenzaban pasados por agua, pero al salir del agua se transformaban el días soleados frente a una isla desierta, borrando las partidas de turistas que traían pequeñas embarcaciones, que pese a no ser pocos, pasaban desapercibidos a la vista entre la inmensidad de vegetación de la isla.img_9074

Los puntos de buceo nos ofrecieron más visibilidad y más vida que en la península de Nicoya y donde entre tortugas, peces globo, langostas, peces cubo, barracudas, rayas, morenas, erizos y estrellas de mar, una cantidad de  tiburones  punta blanca no dudaron en mirarnos a la cara y deleitarnos con un baile de aletas que envidiarían muchas caderas.img_9125 Haciendo las paces con el Pacífico, el último día nos dio un viaje tranquilo de vuelta a la bahía, en el que pudimos ver los enormes lomos de varias ballenas jorobadas.img_9161

Nos despedimos de Drake con un atardecer inmenso que cambiaba de color con cada parpadeo y nos dirigimos al último lugar de buceo que habíamos programado, en la zona de limón en Puerto Viejo de Talamanca, al otro lado del país en el Caribe.

Tras cruzar el Cerro de la Muerte, que me permite con el nombre ahorrarme la narración y más de dos semanas de viaje, los costarricenses afrodescendientes de los habaneros, nos esperaban con reggae, cervezas fresquitas en pequeñas playas y sobornos con guanábanas, mangos y jugos de papaya, a lo que nos rendimos, y el buceo se redujo a un maravilloso baño nocturno con la ultima luna llena que veríamos desde Costa Rica, sin prestar atención al acecho de los mosquitos que despuntaban con la caída del sol.

Podría decir que la pura vida es como quién se compra un ordenador un sábado después de un Black Friday, pero sin sentirte estúpido, porque hacer lo que quieres cuando quieres  puede que sea inteligente a veces y esta infravalorado en nuestro paraíso del consumo y la prisa.

Gracias hermano por querer seguir haciendo el mono conmigo siempre, a Maria por ser una tremenda profesional y a Javi por seguir escribiendo historias de sirenas.

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LA CUEVA DEL AGUA, promesas que llegan

-Bucearemos en la cueva del agua-. Era una promesa de estas que si no se cumplen siempre tienen escusa porque apuntan muy alto, pero que si se cumplen, nos acercan a lo irreal y te permiten saber que siempre hay algo más lejos que el final del camino. Sergi quiso cumplirla y el club Oceánides, fue imprescindible.

Por mucho que  tratamos de organizar y provocar aquel momento que promete ser inolvidable o en el que se dará un encuentro que nos cambiará la vida, que  nos ayudará a entender qué hacemos aquí o al menos, que menos, nos llenará tanto como para volver a ilusionarnos hasta la próxima caída. Éstos, siempre se producen un día cualquiera.

Cada día, muchas personas se desilusionan ante un gran momento que prepararon y otras, viven una casualidad que provocará una de esas miradas diferentes que supera la vida que soñaban. Algo incontrolable, que el tiempo nos acaba regalando a todas.

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Hace unos años tuve uno de esos encuentros que vistos ahora me maravillan por todo lo que me han dado y la válvula de escape que me proporcionaron y me proporcionan y que en su continuación me llevaron a bucear el pasado mes de mayo en la Cueva del Agua.

La primera vez que buceé el flechazo entre el agua, los peces y yo no fue tal. El amor no está sencillo y las pasiones, menos. Las miradas, las sonrisas y las personas que las portaban fueron las cómplices imprescindibles del mar, y las responsables directas de que hoy haya muchos lugares inundados de agua donde puedo parar el tiempo, el sinsentido de demasiadas cosas y disfrutar del placer más que carnal de bajar la guardia y dejarme llevar en cada inmersión, sabiendo que mi vida depende de otras personas durante unos minutos. Personas con las que no puedo hablar, más lejos de dos gestos, pero en las que confío plenamente lo más valioso que tengo, mi sensación de libertad.

Tres buzos y una buza me miraron a los ojos en L´ Azohia hace cinco años. Con ella, una mujer valiente que me ha enseñado mucho, he buceado en los mejores lugares del Caribe y en el cenote más espectacular. Con dos de ellos he entendido en que consiste la inclusión real, cuando las diferencias solo pueden sumar y enriquecer a un grupo, sintiendo que pertenezco a su club de buceo con más espíritu que un hooligan. Con el cuarto, responsable principal de aquel encuentro, he tenido el regalo de volver a bucear en esa cueva, un lugar mágico donde el cruce de miradas que sigue a la señal con los dedos y a un ligero movimiento de mi cabeza, nos situaron en el instante donde te dejas caer en sus manos y lo que suceda, solo puede ser bueno.

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-Bucearemos en la cueva del agua-. Era una promesa de estas que si no se cumplen siempre tienen escusa porque apuntan muy alto, pero que si se cumplen, nos acercan a lo irreal y te permiten saber que siempre hay algo más lejos que el final del camino. Sergi quiso cumplirla y el club Oceánides, fue imprescindible.

 La entrada a la cueva se planteaba difícil para bajarme, recuerdo que en las primeras conversaciones salieron los GEOS como necesarios, después la tirolina que se monta para bajar los equipos podía ser la solución para bajarme y finalmente, viendo que no faltaban brazos para abrazarme hasta el agua, una camilla de rescate rodeada de ellos me llevó hasta la entrada.

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Pasando de mano en mano, asegurando donde pisaba cada pie, un montón de Oceánides, Sergi, su compañero, mi asistente y buzas de tierra me situaron tumbada en un espacio plano a la orilla del agua.

Encajamos en mi cuerpo las últimas piezas de neopreno que me faltaban y con un correspondiente sondaje galáctico entre piedras y cremalleras, estaba en el agua preparada para meter la cabeza.

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Llevábamos dos días de buceo por cavernas de la zona y siendo mayo, el agua no andaban aún muy caliente, asique los 25 grados de la cueva fueron un regalo para mi cuerpo, que llevaba dos días encogiendo mis hombros en busca de un poco de tiritona que lo calentara y que mi médula no tuvo la cortesía de regalarle.IMG_7964

Dentro, el agua presentó su primer espectáculo cuando la diferencia de densidades del agua distorsionó con brillos lo que veían los ojos , el juego de temperaturas entre 25 y 29 grados engañó al cuerpo con un masaje en los capilares, que se abrieron y cerraron adaptando el cuerpo a lo placentero y la panorámica de lo que encierra la tierra, culpa de la oscuridad sorprendida por los focos de nuestras linternas y de la arcilla empapada que creaba la cueva, presentaba formas que solo saben describir los relatos, llevándonos ligeros, disfrutando, intentando que un movimiento impreciso no levantara la débil tierra mojada que borrara la foto de la que disfrutaban nuestras miradas.

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Fuera, de nuevo las sonrisas cómplices que crea la pasión por el buceo, cerraban el fin de semana con conversaciones sobre futuros viajes y próximos mares, confirmando que repetiríamos, que los años pasaran de manos del buceo, con quien empecé, con aquel momento que le dio el giro a los sueños, el justo y preciso para ponerlos en sintonía con lo posible.

Gracias a todos los que abrazáis mi cuerpo y lo acercáis al corazón de la madre tierra.

En cubierta respirando

“No estaba alerta, ni pendiente, ni agasajada, sólo estaba disfrutando con unos amigos de las maravillas del buceo”

 

Puede  que me ahogue al día una y otra vez buscando aire para enfrentarme a lo que me da miedo.

Aquello aparentemente sencillo, se revuelve y nos roba la sonrisa, y con ello convivo eterno, como nos pasa a todos.

Incluso calmando el ansia, con el tiempo que tanto nos enseña, no encuentro otra forma de vivir que no sea poniéndome delante del miedo y pidiéndole que me dé la oportunidad de enfrentarme a él.

He pasada miedo viajando y buceando, me he sentido asustada e histérica reclamando mi espacio y mi oportunidad de llegar donde estaban otros, y he sentido la inclusión de ser una más, con los cuidados justos y el espacio de estar sola ante mis decisiones. Siento que el mar es un terreno conquistado, sin ser mío, puedo participar de él con mis particularidades.

Sentada en la cubierta del barco, en mi ultima inmersión en el Algarve, recuerdo tener esa sensación extraña, conocida, pero lejana, en la que no estaba alerta, ni pendiente, ni agasajada, solo estaba disfrutando con unos amigos de las maravillas del buceo. Como quien cierra un capitulo de un libro, sentí placer y extrañeza. El buceo me ha permitido coger aire en muchas ocasiones y me mantiene cuerda, por eso sé que no dejaré de bucear nunca, aunque siento y sentí en aquel momento que es momento de conquistar espacios más cercanos, aparentemente más sencillos, de los que tuve miedo y ahora, con algo de impuso, quiero volver a mirar, para volver a preguntar ¿y tú, que miras?.

No me gusta citar a concretos en los post, por aquello de dejarlo en la escritura, pero consciente de que de alguna forma voy a invernar y el blog conmigo, me permitiré la excepción y le agradezco a Javi, mi compañero de buceo por tanto y por montar estos videos que me devuelven al mar cuando me seco, a Francisco y a por ese encuentro en una feria de buceo que me regalo del Ocean revival y ese momentito de paz en la cubierta y al club Oceánides por mirarme siempre con la igualdad que me devuelve a quien soy más allá del movimiento.

Otro video magnifico Javi.

 

DIARIO DEL HIELO II

Miercoles 25. 4 días para el hielo

Nieve y Asistencia personal

Encuentro en internet un video sobre la estación de esquí y esta todo blanco. Hay nieve y más nieve,  y un montón de esquiadores jugando con la velocidad y la adrenalina. Mi imaginación vuela y me veo integrándome en el lugar, con mi silla manual clavada en la nieve y mi asistente roja y sudorosa intentando moverla para llegar a la tienda de souvenirs. En el video también aparece un balneario con un montón de esos esquiadores y familias felices disfrutando de chorros de agua y burbujas. Mi mente vuelve a jugármela y me veo ataviada con el bañador y siendo llevada por dos amigos. Uno me agarra de los sobacos y otro de las rodillas y  me bajan por la escalerilla de una de las piscinas, mientras yo sonrío al público, que no puede evitar percatarse de mi entrada triunfal.

Mientras escribo esto, mi asistente personal guarda mi equipo de buceo para el viaje.Ella ha buceado conmigo y sabe lo que necesito, pero va tachando de la lista que yo le hice. Yo decido y participo aunque nunca he agarrado mi mascara de buceo. Sé a qué huele y la he sentido en la cara.

La asistencia personal, como  recurso,  me permite decidir si quiero pedir ayuda, decidir que, cuando y como, sin dejar mi voluntad en manos de otros que puedan decidir que parcela de autonomía me dan dependiendo de el tiempo que pueden dedicarme o de cuanto crean (ellos) que es de importante aquello que quiero hacer.

Me permite ir a bucear al hielo y que mi madre se eche las manos a la cabeza, sin tener que presenciarlo a 2 grados bajo cero. Ella estará en algún lugar calentito comentándole a una amiga;  “que necesidad tiene esta muchacha de hacer eso”,  y mi madre, hará su papel de madre en igualdad de derechos que cualquier otra madre, sin pagar ningún precio por tener una hija tetraplejica, “minusválida”.Cuando yo soy libre mi madre es libre y mi asistente personal en una mujer con trabajo.

La mayoría de las madres con “hijas minusválidas” tienen que dejar de ser madres para cuidar hijas adultas y la mayoría de las “mujeres minusválidas” no pueden ejercer una voluntad real, no tienen asistencia personal, y la mayoría de las mujeres que podrían trabajar potencialmente como asistentes personales no existen.

Yo soy una de esas pocas “ mujeres minusválidas” que no soy la mayoría, por eso puedo ir al hielo a bucear con otras “ mujeres normales” y puedo decidir no ir.

La asistencia personal es un derecho recogido en la Convención de los derechos de las personas con discapacidad, pero no lo sabe mucha gente.

Voy terminando los preparativos, ya tengo las cadenas para el coche y nos estamos organizándonos para ir juntos. Son unas 5 horas de viaje. Mi imaginación vuelve al lugar, todo blanco y mucha nieve rodean la furgoneta.

 

 

 

 

 

 

 

 

DIARIO DEL HIELO

Lunes 23. A 6 días del hielo.

Cardiaca y “Normal”

No es que tenga miedo a perecer en la nieve, ni que este pensando  cómo reaccionará  mi cuerpo a los no sé cuántos grados bajo cero (la cifra exacta no la he querido ni preguntar) a los que estará bajo el hielo. Creo que estoy cardiaca, en gran parte, por el miedo a todo lo que no puedo controlar. La psicosis del control  no vino con la silla ni con la diversidad,la traía yo en los genes (o es un trauma que me causo mi padre el día que nací) pero lleva años conmigo, y ciertamente  se incrementa y se hace latente ante situaciones en las que hecho de menos no poder poner las manos delante cuando me puedo caer. Creo que meterme en un agujero  helado en una estación de esquí, es una de esas situaciones en las que sin manos, si me tengo que caer, me voy a caer igual, así que si acordonó la zona previamente, mejor, y eso, exige control.

Hoy mordería lo que fuera del manojo de  nervios que soy, quiero saber ya el final de la aventura y me digo que después de ésta me dedicare a leer y pintar el atardecer de mi ventana, como me propuse hace pocos años, aunque sé, que no es verdad.

Hice casi toda la maleta por la mañana y pase el día actualizando el bloc de notas con tareas pendientes importantísimas.

Según lo escribo me doy cuenta de lo estúpido del asunto y vuelvo a abrir el bloc de notas y añado “ llamar a mama para ver cuando recoge al perro”. Continuación de lo estúpido.

Que estas sean mis emociones y tareas de hoy, me acerca más a Britge Jones que a una tetraplejica al uso  y me lleva a pensar donde me situó yo, más allá de lo que un primer vistazo pueda decir mi cuerpo a los demás.

No le voy a quitar mérito a mi día a día o a el camino recorrido, pero no ver mi situación privilegiada dentro de mi colectivo, seria dármelas de ciega.

Debería cerrar mi diario rosa de hoy, proponiéndome contar a lo largo de estos días, intercalado  a las peripecias del buceo, con que recursos estoy contando yo para poder sentirme “ Sindy vacaciones”, que cambiarían la vida de mis iguales “las mujeres minusválidas” para ir a bucear al hielo o para hacer lo que se les pusiera en los ovarios. Consciente de que es complicado hablar del derecho a bucear o a hacer macramé mirando a la luna, en tiempos de vacas flacas. El derecho a decidir como queremos vivir o a que dedicamos el tiempo libre, no es menos derecho que otro y de todos habrá que hablar. Dejando claro, que no me propongo arreglar el mundo en un diario de buceo.

Lo mas interesante del día de hoy, no son los preparativos del viaje, sino darme cuenta de que tengo mas ganas de hablar de la importancia de ser libre para poder tomar la decisión de ir a bucear al hielo, que de hablar de mi.

Buenas noches.

 

 

Hace un día gris, pero tú haces que vuele

Hoy hace un día gris como los que nos despertaban en La Graciosa cuando íbamos a bucear, que me ha recordado que una vez fui en zodiac de la isla de La Graciosa a Lanzarote, atada al asiento del patrón viendo a mi silla de ruedas jugarse la vida en el centro de una embarcación rodeada de maletas.

Ir en una zodiac siempre es una experiencia adrenalina y excitante. He ido despatarrada como un muñeco de plástico en el suelo, apoyando la espalda en el flotador y sujeta por más manos de las que puedo contar. También he tenido la suerte de ir sobre las piernas de algún mozo mojado de neopreno apretado, que sujeta mi brazo alrededor de su cuello para que no me tronche hacia tras. O como una señora, sentada en el asiento del patrón procurando tener cerca a mi asistente para subiéndome cada vez que me escurro con los botes.

Pero en esa ocasión la diferencia principal es que ni venia, ni iba a ver peces.

Debían ser las cinco de la mañana y el ferry que nos podía llevar a Lanzarote salía lo suficientemente tarde como para que perdiéramos el vuelo, así que el centro de buceo se ofreció como transporte alternativo y nos dio el último paseo en zodiac del viaje.

Llegamos al muelle todo el grupo de buceo con un arsenal de maletas, todavía era de noche y aunque al sol le quedaba poco para dar la cara, ahí no sonreía ni Dios por culpa del madrugón. Los compañeros del grupo de buceo cargaron las maletas en el centro de la zodiac y se sentaron en el flotador, poniendo bajo su culo una bolsa de basura para no calarse. Nadie pensó en ponerse el neopreno para coger el vuelo y nadie cayó en el “por si acaso me toca volver en zodiac”, cuando hizo la maleta. Así todos situados, yo en esta ocasión sentadita en el asiento del patrón con la capucha de la sudadero bien encajada en la cabeza y observando mi silla en el centro del barco presidiendo la travesía, tomamos rumbo a Lanzarote para terminar el puente de mayo.IMG_1568

Con un frío matutino que despertaba a un oso, bote para arriba y bote abajo, entrábamos en contacto con el agua, que sin medida nos daba una de cubo de agua y otra de gotitas de rocío, despertándonos y dejando que se dibujaran sonrisas en la cara de todos mientras recorríamos los 3 kilómetros que separaban las 2 islas. El olor del mar y las nubes que se levantaban para dejarnos ver los perfiles de ambas islas a un lado y otro, se mezclaban con ese nudo de felicidad y tristeza que aparece al final de cada viaje. Yo como loca viendo mi maleta viajando junto a mi silla en medio del atlántico en una neumática, con el alivió de lo que salió bien y emocionada con lo conocido.

Así entre recuerdos, cuando uno se pregunta por qué hace lo que hace, esto tan sonado, al menos de la boca de las madres, de; -que ganas de- toma un sentido claro; -por vivir, “mamá”, por vivir-.

Y aunque en este placido momento de escritura no cambio mi calefacción y mi chándal por ninguna propuesta, haber decido subir a una zodiac, en esa y en otras ocasiones, alimenta mi felicidad más que un bocadillo de paté y me da esperanza en la apocalíptica visión del mundo y la vida que se suele presentar en nuestras cabezas cada invierno.

Alimentemos nuestros sueños, la estación invernal comienza.

EL CENOTE.EL PIT

Un enorme agujero. Estamos flotando en el agua y Javi me sostiene erguida sujetando mis piernas con las suyas, y agarrando por momentos de mi chaleco de buceo cuando me voy hacia delante. Atrás queda ya una empinada escalera y, unos cuantos metros arriba, la selva. Nos miramos a través de las gafas y él me hace una señal, uniendo su dedo índice al pulgar y levantando los demás. Yo afirmo con la cabeza que estoy lista, moviéndola de arriba a abajo.entrada al Pit
Las 12:14 marca mi ordenador de buceo.
Nuestras pupilas no se separan hasta repasar todo lo que necesitan saber antes de sumergirnos y se mandan preguntas que no podemos contestarnos por ahora. Respiro el gas que me proporciona mi regulador. Mi respiración es pausada y comienzo a escuchar las burbujas que el aire y el agua generan al mezclarse.
Ahora entre dos medios.
Ahora rodeados de agua.
Aparte de Javi también bajan conmigo Ruth y Ángel. En otro grupo Aitor, Guille y Tere, mi asistente personal.
Nos dijo Ángel que bajaríamos unos 30 metros y luego iríamos ascendiendo por las paredes del cenote, observándolo.
No es el primer cenote en el que buceamos en el viaje. Esos enormes agujeros de agua transparente, que se ocultan entre los verdes de la selva media mexicana, te atrapan, te conectan con el interior de la tierra. Metros de túneles inundados, recovecos amplios y estrechos que respiran por salidas que permiten a la luz entrar para pintar contraluces. La mente disfruta sin poder retener más allá del momento presente, tan presente como conectado al pasado. Sus imponentes estalactitas cuentan su historia, conectan con sus civilizaciones muertas.
Compenso. Javi aprieta la máscara a la altura de mi nariz, se unen mis fosas nasales y dejo de notar la presión en mis oídos.
El aire que queda entre mis ojos y mis gafas, el agua cristalina, los focos de mi casco, sus linternas y los rayos de sol, nos permiten ver. Elegimos qué mirar o eso creemos.
Ruth me vigila y mantenemos un buen contacto visual. Ya somos viejas compañeras bajo el agua y bucear con ella me recuerda muchos mares y asegura a mis sueños otros por conocer.El Pit
A Ángel lo conozco de hoy, no ha dudado que teníamos que estar ahí, nos quiere enseñar algo y me genera seguridad. Él ya conoce este cenote, nos dijo que bajaríamos unos 30 metros.
Pienso qué puede haber a 30 metros, no necesitamos tantos metros en otros para disfrutarlos, pero no rechazamos la propuesta de entrar en éste cuando se nos hizo.
Estamos bajando.
Giro la muñeca, 2,30 metros aparece en el centro a la derecha en la pantalla.
Ya no tengo a Javi delante de mí, está detrás agarrando mi grifería, buscando una buena postura para los dos y sólo veo su mano para indicarme si necesito compensar. Le contesto con ligeros movimientos de cabeza, normalmente afirmando. Ya nos conocemos dentro del agua, llevamos días intensos de buceo y estoy cómoda con él. La tensión del miedo a lo desconocido, a cómo hacerlo, comenzó a transformarse en disfrute y en esperar a lo que nos pueda venir, sabiendo algo el uno del otro. Él observa, yo observo. Sé que está conmigo y no soltará mi grifería sin decírmelo. Ahora no dudo.
Javi me enseña su ordenador. 25 grados es la temperatura del agua. Un regalo para mi cuerpo que responde manteniendo mis músculos relajados y dejándose llevar. Me permite el disfrute del cambio de postura, bailando ligeramente con el agua para darme movimiento. No hay espasmos, no hay dolor, mi silla espera en tierra.
Descendiendo. Dos sonidos nos acompañan, el del regulador cuando necesitamos aire y el de las burbujas en la espiración.El pit 1
¿Por qué 30 metros? Todo lo pasado es ya más de lo que pensé que le tocaba vivir a mi cuerpo inmóvil. Estoy inmersa otra cultura, de contrastes de colores en playas, pueblos y comidas. De olores desconocidos, sabrosos, podridos y embriagadores. De personas nuevas y viejas que me dan anécdotas, sonrisas, realidades. De la historia de los otros y nosotros, tan cebada y malograda, tan real y aleccionante.
Mi silla y sus fantasmas perdían protagonismo, tal vez no para mí, pero sí en el viaje. Convertida casi en un objeto. Estaba buceando a millones y millones de kilómetros de mi tan “útil” cama articulada.
Seguimos descendiendo, juntos, viéndonos unos a otros.
¿Para qué 30 metros?
Capucha, camiseta térmica, neopreno, escarpines, chaleco, casco, ordenador, equipo, botella, agobiante en tierra pero casi imperceptible ahora. 16 metros. Veo mis manos protegidas por guantes que transformamos en manoplas para mí. Mis manos están preparadas para mi señal favorita cuando veo algo que me gusta; un apasionado aplauso marcado por el ligero choque de una sobre otra.
Ya no necesito compensar apenas y mi cuerpo siente este medio como el suyo.El Pit 2
¿Qué puede haber a 30 metros?
La luz no me abandona apenas, la claridad del agua no te permite verla y poder respirar bajo ella te lleva a la inconsciencia de olvidarla.
No puedo distinguir el espacio. Las linternas son acompañantes que ganan protagonismo a cada metro.
Mi cabeza se inclina hacia abajo y mis ojos dejan de creer en cualquier mentira que mi mente les suele contar, para creer en lo que ven: un árbol, una rama enorme, llena a la vez de muchas ramas. Un árbol vivo o muerto. Un árbol. Está rodeado de una niebla blanquecina que lo protege, que parece girar a su alrededor. Un carrusel que poco a poco me rodea a mí también. Giro en la bruma, la luz, no escasa pero oscura, me permite soñar con un paisaje propio del cuento más fantástico, allí, ante mí, yo ante él, a 30 metros, la mejor atracción del Pit.
Quiero quedarme. Qué estoy viendo. Quiero ir más abajo, poder observarlo, explorarlo, que la niebla de azufre me envuelva siempre. Tengo la sensación de estar viajando al centro de la tierra. No pienso en nadie, encuentro un espacio mío, añorado. Estoy sola, no hay análisis, ni conclusiones sobre qué hago o qué soy, sólo está el placer de admirar lo desconocido. Desnuda mi persona ante lo que no conozco, olvido el miedo. La necesidad de protección desaparece y la soledad se disfruta porque fluye un poder más fuerte que la seguridad, el deleite por aquello que no sé soñar, por aquello que no puedo controlar. Estoy a unos 30 metros conmigo misma. Olvido dónde está mi cuerpo y qué puede hacer.El Pit. El árbol
Poco a poco me separo de la nebulosa, con la pena de no poder hacer ese momento eterno y con la alegría de que sólo sea un encuentro instantáneo. En el espacio de aire entre mis gafas y mis ojos hay agua que brota tímida de mis lagrimales y el gas que llega desde mi regulador se topa en mi garganta con un nudo tan placentero que no quiero deshacerlo.
A la misma profundidad que nosotros veo al otro grupo, pequeñitos y lejanos. Ahora percibo el tamaño del enorme agujero, ilusorio y majestuoso, cubierto de agua, protege en el centro de su corazón un árbol en las nubes.
Volviendo en mí o volviendo a perderme, miro el ordenador de buceo. Marca las 12:17, profundidad, 29 metros.