EL CENOTE.EL PIT

Un enorme agujero. Estamos flotando en el agua y Javi me sostiene erguida sujetando mis piernas con las suyas, y agarrando por momentos de mi chaleco de buceo cuando me voy hacia delante. Atrás queda ya una empinada escalera y, unos cuantos metros arriba, la selva. Nos miramos a través de las gafas y él me hace una señal, uniendo su dedo índice al pulgar y levantando los demás. Yo afirmo con la cabeza que estoy lista, moviéndola de arriba a abajo.entrada al Pit
Las 12:14 marca mi ordenador de buceo.
Nuestras pupilas no se separan hasta repasar todo lo que necesitan saber antes de sumergirnos y se mandan preguntas que no podemos contestarnos por ahora. Respiro el gas que me proporciona mi regulador. Mi respiración es pausada y comienzo a escuchar las burbujas que el aire y el agua generan al mezclarse.
Ahora entre dos medios.
Ahora rodeados de agua.
Aparte de Javi también bajan conmigo Ruth y Ángel. En otro grupo Aitor, Guille y Tere, mi asistente personal.
Nos dijo Ángel que bajaríamos unos 30 metros y luego iríamos ascendiendo por las paredes del cenote, observándolo.
No es el primer cenote en el que buceamos en el viaje. Esos enormes agujeros de agua transparente, que se ocultan entre los verdes de la selva media mexicana, te atrapan, te conectan con el interior de la tierra. Metros de túneles inundados, recovecos amplios y estrechos que respiran por salidas que permiten a la luz entrar para pintar contraluces. La mente disfruta sin poder retener más allá del momento presente, tan presente como conectado al pasado. Sus imponentes estalactitas cuentan su historia, conectan con sus civilizaciones muertas.
Compenso. Javi aprieta la máscara a la altura de mi nariz, se unen mis fosas nasales y dejo de notar la presión en mis oídos.
El aire que queda entre mis ojos y mis gafas, el agua cristalina, los focos de mi casco, sus linternas y los rayos de sol, nos permiten ver. Elegimos qué mirar o eso creemos.
Ruth me vigila y mantenemos un buen contacto visual. Ya somos viejas compañeras bajo el agua y bucear con ella me recuerda muchos mares y asegura a mis sueños otros por conocer.El Pit
A Ángel lo conozco de hoy, no ha dudado que teníamos que estar ahí, nos quiere enseñar algo y me genera seguridad. Él ya conoce este cenote, nos dijo que bajaríamos unos 30 metros.
Pienso qué puede haber a 30 metros, no necesitamos tantos metros en otros para disfrutarlos, pero no rechazamos la propuesta de entrar en éste cuando se nos hizo.
Estamos bajando.
Giro la muñeca, 2,30 metros aparece en el centro a la derecha en la pantalla.
Ya no tengo a Javi delante de mí, está detrás agarrando mi grifería, buscando una buena postura para los dos y sólo veo su mano para indicarme si necesito compensar. Le contesto con ligeros movimientos de cabeza, normalmente afirmando. Ya nos conocemos dentro del agua, llevamos días intensos de buceo y estoy cómoda con él. La tensión del miedo a lo desconocido, a cómo hacerlo, comenzó a transformarse en disfrute y en esperar a lo que nos pueda venir, sabiendo algo el uno del otro. Él observa, yo observo. Sé que está conmigo y no soltará mi grifería sin decírmelo. Ahora no dudo.
Javi me enseña su ordenador. 25 grados es la temperatura del agua. Un regalo para mi cuerpo que responde manteniendo mis músculos relajados y dejándose llevar. Me permite el disfrute del cambio de postura, bailando ligeramente con el agua para darme movimiento. No hay espasmos, no hay dolor, mi silla espera en tierra.
Descendiendo. Dos sonidos nos acompañan, el del regulador cuando necesitamos aire y el de las burbujas en la espiración.El pit 1
¿Por qué 30 metros? Todo lo pasado es ya más de lo que pensé que le tocaba vivir a mi cuerpo inmóvil. Estoy inmersa otra cultura, de contrastes de colores en playas, pueblos y comidas. De olores desconocidos, sabrosos, podridos y embriagadores. De personas nuevas y viejas que me dan anécdotas, sonrisas, realidades. De la historia de los otros y nosotros, tan cebada y malograda, tan real y aleccionante.
Mi silla y sus fantasmas perdían protagonismo, tal vez no para mí, pero sí en el viaje. Convertida casi en un objeto. Estaba buceando a millones y millones de kilómetros de mi tan “útil” cama articulada.
Seguimos descendiendo, juntos, viéndonos unos a otros.
¿Para qué 30 metros?
Capucha, camiseta térmica, neopreno, escarpines, chaleco, casco, ordenador, equipo, botella, agobiante en tierra pero casi imperceptible ahora. 16 metros. Veo mis manos protegidas por guantes que transformamos en manoplas para mí. Mis manos están preparadas para mi señal favorita cuando veo algo que me gusta; un apasionado aplauso marcado por el ligero choque de una sobre otra.
Ya no necesito compensar apenas y mi cuerpo siente este medio como el suyo.El Pit 2
¿Qué puede haber a 30 metros?
La luz no me abandona apenas, la claridad del agua no te permite verla y poder respirar bajo ella te lleva a la inconsciencia de olvidarla.
No puedo distinguir el espacio. Las linternas son acompañantes que ganan protagonismo a cada metro.
Mi cabeza se inclina hacia abajo y mis ojos dejan de creer en cualquier mentira que mi mente les suele contar, para creer en lo que ven: un árbol, una rama enorme, llena a la vez de muchas ramas. Un árbol vivo o muerto. Un árbol. Está rodeado de una niebla blanquecina que lo protege, que parece girar a su alrededor. Un carrusel que poco a poco me rodea a mí también. Giro en la bruma, la luz, no escasa pero oscura, me permite soñar con un paisaje propio del cuento más fantástico, allí, ante mí, yo ante él, a 30 metros, la mejor atracción del Pit.
Quiero quedarme. Qué estoy viendo. Quiero ir más abajo, poder observarlo, explorarlo, que la niebla de azufre me envuelva siempre. Tengo la sensación de estar viajando al centro de la tierra. No pienso en nadie, encuentro un espacio mío, añorado. Estoy sola, no hay análisis, ni conclusiones sobre qué hago o qué soy, sólo está el placer de admirar lo desconocido. Desnuda mi persona ante lo que no conozco, olvido el miedo. La necesidad de protección desaparece y la soledad se disfruta porque fluye un poder más fuerte que la seguridad, el deleite por aquello que no sé soñar, por aquello que no puedo controlar. Estoy a unos 30 metros conmigo misma. Olvido dónde está mi cuerpo y qué puede hacer.El Pit. El árbol
Poco a poco me separo de la nebulosa, con la pena de no poder hacer ese momento eterno y con la alegría de que sólo sea un encuentro instantáneo. En el espacio de aire entre mis gafas y mis ojos hay agua que brota tímida de mis lagrimales y el gas que llega desde mi regulador se topa en mi garganta con un nudo tan placentero que no quiero deshacerlo.
A la misma profundidad que nosotros veo al otro grupo, pequeñitos y lejanos. Ahora percibo el tamaño del enorme agujero, ilusorio y majestuoso, cubierto de agua, protege en el centro de su corazón un árbol en las nubes.
Volviendo en mí o volviendo a perderme, miro el ordenador de buceo. Marca las 12:17, profundidad, 29 metros.

59 segundos

La verdad es que llevo muchos meses metida en mis cosas. El buceo es para mí una de ellas. Una de esas cosas que no son una obligación, ni exigencias del guión, ni una carga familiar o un trabajo a disgusto, si no un placer, y qué placer.Mexico 2014 - Cenote The Pit - 163 - A Comencé el año con un mes en México tirando el dado de un cenote a otro, así que no tengo ninguna queja, me siento muy muy afortunada. Después de un viaje largo vuelves a tu rutina y la verdad es que, aún teniendo mucho material que contar sobre México, había dejado el blog de lado.
Quería contar el viaje, con todo lujo de detalles, con calidad literaria, y dejando ver las dificultades que entraña para una persona como yo un viaje como ese. Seguro que el día menos pensado las historias sobre México irán surgiendo una detrás de otra.
Esta semana, de repente, todo se ha acelerado.Comienzo a ver los mensajes sobre la feria de buceo de Madrid y pienso en toda la gente que me encontraré a la que le puedo contar que buceo, la de sitios donde me darán información sobre lugares maravillosos donde poder viajar, ¿ podré bucear con tal o cual centro? ¿En qué lugares? ¿Cómo explico lo que hago, lo que necesito? image
Me vuelvo loca, mi corazón se acelera y pierdo “casi” hasta el norte de la emoción. Me siento arriba del escenario recogiendo un premio a toda mi trayectoria pasada y futura, y teniendo sólo un minuto para los agradecimientos.
Me gustaría tanto explicar en un minuto por qué es tan importante que el buceo adaptado, o como convengamos llamarlo, tenga un hueco en la gran industria del buceo, que olvido que en un minuto no se entendería.
Por dónde empezar. ¿Por la importancia de la accesibilidad en centros y barcos?¿Por la necesidad de hacer trajes y equipos no tan atractivos y sí más moldeables a las necesidades y fácilmente modificables?¿Cuento la cantidad de gente que mueve alguien como yo en cada inmersión, buzos, asistentes personales?¿De la locura económica que supone pagar siempre por uno más, porque es casi imposible que el mundo entienda que necesitamos un asistente personal con nosotros, sin sobrecoste?¿Hablo de las complicaciones urinarias e intestinales, del problema de la temperatura, de la hipotensión combinada con calor y neopreno?¿Hablo de mí?¿Del tiempo que me ha llevado soñar, planificar y realizar en 3 años mis 50 maravillosas inmersiones en España, Panamá, el Mar Rojo y México por partida doble?¿O el sueño de bucear en la Patagonia, en el hielo o en una cueva?image
También podría dedicar el minuto a decir que me he superado, que mi “discapacidad” no es un problema, que he llegado con ella más lejos que otras buzas con mi edad, que no hay barreras. No, a mí esto no me vale.
Mis dificultades son unas y las tuyas son otras. Yo no quiero ser ” sobrecapacitada “, quiero igualdad siendo como soy, quiero que mi silla esté pegada a mi culo y la tengas en cuenta para contar escalones. Buceo porque me gusta y si eres buzo entenderás por qué sin más adulaciones. En mi caso si la cosa necesita más ayuda, más rica será nuestra interacción en ese medio que no es ni el mío ni el tuyo. Para superarnos como personas no tenemos que llegar más lejos que nadie ni ser los más rápidos, tal vez se supera el que observa en el camino aquello que ha nadie le importaba más que a él.image
Ahora, si respiro un poco e intento pensar lo frustrante que es tener sólo un minuto para contar tanto, decido mirar el premio, esa estatuilla con mi nombre y, sopesando, me pongo las zapatillas de estar por casa y cojo un paño para disfrutar de sacarle brillo a la figurita, mientras le comento mis sensaciones en el escenario a quien siempre supo de mis pasos.
Así que intentaré aplicarme mi cuento cuando me encuentre con la industria del buceo, y en mis 60 seg dar las gracias a mi familia, llorar y que me sobren 59 seg para disfrutar del momento. Habrá tiempo de entrevistas, quien quiera saber cómo me lo monto, me preguntará.