CRÓNICA DE UNA CHARLA ANUNCIADA

…las pasiones, precisamente por ser pasiones, no siempre nos dan alegrías, a veces también se revuelven en nosotros mismos…

Hace unos días participé en una charla sobre “buceo adaptado”. La titulé “un acercamiento al buceo adaptado”. Sin duda fue un acercamiento, pero más bien al estilo “bienvenido Mister Marshall”, vino bastante gente y fueron muy participativos, lo cual valoro mucho. Yo, en la parte que me toca, creo que no conseguí explicar lo que fui a explicar.
Pensé que sí podía, que sin caer en el aplauso fácil o en la casilla de la “superación” podía explicar qué hago y cuál sería el ideal de buceo que necesitaría alguien como yo. Pero no, no estaba preparada, y sigo sin estarlo, para explicar racionalmente y en diapositivas qué es esto de bucear con una diversidad. No pude ordenarlo. Me dolió analizarlo (aunque fue muy necesario), perdí la razón, no utilicé buenos argumentos, y eso, me dolió más.Cartel charla

Mi “inclusión” en el mundo del buceo comenzó con una salida con una fundación que hacía “buceo adaptado”. Después mi personalidad, las personas con las que me he cruzado y el mundo me han permitido bucear mucho más allá de lo que nunca hubiera imaginado, hasta el punto de sentir la necesidad de querer compartirlo en un blog como este, en la radio, en charlas, destapándome y publicando mis sensaciones, mis sentimientos, mis preguntas y frustraciones.

El buceo es para mí una pasión. Y las pasiones, precisamente por ser pasiones, no siempre nos dan alegrías, a veces también se revuelven en nosotros mismos, llegan a lo más profundo, generan que nos cuestionemos lo que creíamos tener claro, trabajando incluso en nuestro subconsciente para descubrirnos algo.

Ahora no quiero mandar preguntas al aire, quiero tomar decisiones. La primera; decido que yo simplemente buceo (en twitter; #yotambienbuceo), que soy dependiente para hacerlo, sí, que mis inmersiones se las debo a quienes me ayudaron y me ayudarán, y a mis ovarios. La segunda decisión es seguir escribiendo sobre ello y la tercera, no analizar demasiado qué estoy haciendo. Los amantes se disfrutan, pueden contarse, pero para qué puntuarlos o encasillarlos si así pueden perder la magia del momento y la posibilidad de sorprendernos si repetimos.

Lo siento, estoy enamorada. Puedo hablar de ello sin guión e intentar contar qué siento. Te puedo decir que leas el blog, que hablemos de ello con unas cervezas o, si prefieres, que me mires a los ojos cuando salga del agua y saques tus propias conclusiones.

Gracias a los que fuisteis a la charla y a mis compañeros ponentes, por ayudarme a pensar y gracias a Teodora Tarta, una chica que se acercó a mí al final de la charla. Estaba ilusionada, me lo dijo, pero no hubiera sido necesario que lo hiciera, sus ojos y su sonrisa ya habían hablado por ella. Pensé que no quería perder la mía y que ojalá mis ojos transmitiesen sólo la mitad de lo que lo hicieron los suyos. Sin duda hará todo lo que se proponga.

Os dejo el video que preparamos para el final de la charla. Intentamos que fuera lo más accesible posible, haciéndolo audio-escrito.

Próximo reto: hacer el blog más accesible a todos.

EL CENOTE.EL PIT

Un enorme agujero. Estamos flotando en el agua y Javi me sostiene erguida sujetando mis piernas con las suyas, y agarrando por momentos de mi chaleco de buceo cuando me voy hacia delante. Atrás queda ya una empinada escalera y, unos cuantos metros arriba, la selva. Nos miramos a través de las gafas y él me hace una señal, uniendo su dedo índice al pulgar y levantando los demás. Yo afirmo con la cabeza que estoy lista, moviéndola de arriba a abajo.entrada al Pit
Las 12:14 marca mi ordenador de buceo.
Nuestras pupilas no se separan hasta repasar todo lo que necesitan saber antes de sumergirnos y se mandan preguntas que no podemos contestarnos por ahora. Respiro el gas que me proporciona mi regulador. Mi respiración es pausada y comienzo a escuchar las burbujas que el aire y el agua generan al mezclarse.
Ahora entre dos medios.
Ahora rodeados de agua.
Aparte de Javi también bajan conmigo Ruth y Ángel. En otro grupo Aitor, Guille y Tere, mi asistente personal.
Nos dijo Ángel que bajaríamos unos 30 metros y luego iríamos ascendiendo por las paredes del cenote, observándolo.
No es el primer cenote en el que buceamos en el viaje. Esos enormes agujeros de agua transparente, que se ocultan entre los verdes de la selva media mexicana, te atrapan, te conectan con el interior de la tierra. Metros de túneles inundados, recovecos amplios y estrechos que respiran por salidas que permiten a la luz entrar para pintar contraluces. La mente disfruta sin poder retener más allá del momento presente, tan presente como conectado al pasado. Sus imponentes estalactitas cuentan su historia, conectan con sus civilizaciones muertas.
Compenso. Javi aprieta la máscara a la altura de mi nariz, se unen mis fosas nasales y dejo de notar la presión en mis oídos.
El aire que queda entre mis ojos y mis gafas, el agua cristalina, los focos de mi casco, sus linternas y los rayos de sol, nos permiten ver. Elegimos qué mirar o eso creemos.
Ruth me vigila y mantenemos un buen contacto visual. Ya somos viejas compañeras bajo el agua y bucear con ella me recuerda muchos mares y asegura a mis sueños otros por conocer.El Pit
A Ángel lo conozco de hoy, no ha dudado que teníamos que estar ahí, nos quiere enseñar algo y me genera seguridad. Él ya conoce este cenote, nos dijo que bajaríamos unos 30 metros.
Pienso qué puede haber a 30 metros, no necesitamos tantos metros en otros para disfrutarlos, pero no rechazamos la propuesta de entrar en éste cuando se nos hizo.
Estamos bajando.
Giro la muñeca, 2,30 metros aparece en el centro a la derecha en la pantalla.
Ya no tengo a Javi delante de mí, está detrás agarrando mi grifería, buscando una buena postura para los dos y sólo veo su mano para indicarme si necesito compensar. Le contesto con ligeros movimientos de cabeza, normalmente afirmando. Ya nos conocemos dentro del agua, llevamos días intensos de buceo y estoy cómoda con él. La tensión del miedo a lo desconocido, a cómo hacerlo, comenzó a transformarse en disfrute y en esperar a lo que nos pueda venir, sabiendo algo el uno del otro. Él observa, yo observo. Sé que está conmigo y no soltará mi grifería sin decírmelo. Ahora no dudo.
Javi me enseña su ordenador. 25 grados es la temperatura del agua. Un regalo para mi cuerpo que responde manteniendo mis músculos relajados y dejándose llevar. Me permite el disfrute del cambio de postura, bailando ligeramente con el agua para darme movimiento. No hay espasmos, no hay dolor, mi silla espera en tierra.
Descendiendo. Dos sonidos nos acompañan, el del regulador cuando necesitamos aire y el de las burbujas en la espiración.El pit 1
¿Por qué 30 metros? Todo lo pasado es ya más de lo que pensé que le tocaba vivir a mi cuerpo inmóvil. Estoy inmersa otra cultura, de contrastes de colores en playas, pueblos y comidas. De olores desconocidos, sabrosos, podridos y embriagadores. De personas nuevas y viejas que me dan anécdotas, sonrisas, realidades. De la historia de los otros y nosotros, tan cebada y malograda, tan real y aleccionante.
Mi silla y sus fantasmas perdían protagonismo, tal vez no para mí, pero sí en el viaje. Convertida casi en un objeto. Estaba buceando a millones y millones de kilómetros de mi tan “útil” cama articulada.
Seguimos descendiendo, juntos, viéndonos unos a otros.
¿Para qué 30 metros?
Capucha, camiseta térmica, neopreno, escarpines, chaleco, casco, ordenador, equipo, botella, agobiante en tierra pero casi imperceptible ahora. 16 metros. Veo mis manos protegidas por guantes que transformamos en manoplas para mí. Mis manos están preparadas para mi señal favorita cuando veo algo que me gusta; un apasionado aplauso marcado por el ligero choque de una sobre otra.
Ya no necesito compensar apenas y mi cuerpo siente este medio como el suyo.El Pit 2
¿Qué puede haber a 30 metros?
La luz no me abandona apenas, la claridad del agua no te permite verla y poder respirar bajo ella te lleva a la inconsciencia de olvidarla.
No puedo distinguir el espacio. Las linternas son acompañantes que ganan protagonismo a cada metro.
Mi cabeza se inclina hacia abajo y mis ojos dejan de creer en cualquier mentira que mi mente les suele contar, para creer en lo que ven: un árbol, una rama enorme, llena a la vez de muchas ramas. Un árbol vivo o muerto. Un árbol. Está rodeado de una niebla blanquecina que lo protege, que parece girar a su alrededor. Un carrusel que poco a poco me rodea a mí también. Giro en la bruma, la luz, no escasa pero oscura, me permite soñar con un paisaje propio del cuento más fantástico, allí, ante mí, yo ante él, a 30 metros, la mejor atracción del Pit.
Quiero quedarme. Qué estoy viendo. Quiero ir más abajo, poder observarlo, explorarlo, que la niebla de azufre me envuelva siempre. Tengo la sensación de estar viajando al centro de la tierra. No pienso en nadie, encuentro un espacio mío, añorado. Estoy sola, no hay análisis, ni conclusiones sobre qué hago o qué soy, sólo está el placer de admirar lo desconocido. Desnuda mi persona ante lo que no conozco, olvido el miedo. La necesidad de protección desaparece y la soledad se disfruta porque fluye un poder más fuerte que la seguridad, el deleite por aquello que no sé soñar, por aquello que no puedo controlar. Estoy a unos 30 metros conmigo misma. Olvido dónde está mi cuerpo y qué puede hacer.El Pit. El árbol
Poco a poco me separo de la nebulosa, con la pena de no poder hacer ese momento eterno y con la alegría de que sólo sea un encuentro instantáneo. En el espacio de aire entre mis gafas y mis ojos hay agua que brota tímida de mis lagrimales y el gas que llega desde mi regulador se topa en mi garganta con un nudo tan placentero que no quiero deshacerlo.
A la misma profundidad que nosotros veo al otro grupo, pequeñitos y lejanos. Ahora percibo el tamaño del enorme agujero, ilusorio y majestuoso, cubierto de agua, protege en el centro de su corazón un árbol en las nubes.
Volviendo en mí o volviendo a perderme, miro el ordenador de buceo. Marca las 12:17, profundidad, 29 metros.