Azores. La gruta de Pedro

Un rincón de Santa María

Si ahora lo busco en un mapa, parece no apuntar en ninguna dirección. Verdes. Perdido en el Atlántico. Montañas verdes. Perdido en la pequeña Isla. Yucas en flor, blancas y verdes. Ese rincón se grabó en mi memoria. Altos bancales de viñedos. Consiguió que las revoluciones de mi mente se frenaran con cada segundo que pasaba allí. barrancos verdes. Paz y calma. El musgo verde bajo el agua de una pequeña cascada .Sentí que podía coger aíre para el resto de mi vida. Verdes montañas cortadas que van a parar al azul del mar. Fue un regalo saber que bucearíamos allí cuando la embarcación nos dejó ver que estábamos frente a ese paisaje. El verde más verde se une al azul más azul. El punto de inmersión quedaba muy cerca de esa bahía. Bucearíamos debajo de aquel rincón perfecto.

rincón Azores

 

 

 

 

 

 

Debajo de un rincón de Santa María

El mar estaba quieto rompiendo la maldición que acompaña al nombre del Atlántico. Suave espuma blanca. Y el sol calentaba de sobra el día, preparando una entrada tranquila, lejos de las corrientes que habíamos sufrido otros días. Un cosquilleo del sol en el hombro.

La majestuosa gruta se alzaba entre dos rocas. Piedra. Formando un triangulo que escondía dentro un azul eterno. Los focos de mi casco alumbraban las paredes donde las estrellas de mar de diversos colores compartían espacio. Rojos, naranjas. Los rayos de luz cortaban la piedra dibujando contraluces en gamas de azules. Transparente que tiñe de azul la roca. La gruta se abrió y una visibilidad inmensa nos dejó ver bicudas, moreias, rainhas, castanhetas, salmonetes, una raia, el baile de una liebre de mar. Negra, suave, viva. Y huidizos peixes balão. Todo entre las rocas y la fina arena. Una eternidad, un instante. Fuera del agua. Barrancos verdes. La bahía nos daba una posición en la tierra y volvía a ser protagonista, dejando atrás un azul intenso que recuerdo en pocas inmersiones. Infinito.

Gruta de Pedro II. Azores

Un lugar mágico con nombre en la pequeña isla de Santa María. Nombre que yo no te daré y lugar que no debes perderte.Gruta de Pedro 3. Azores

 

Gracias Pedro, Jorge y Manuel. Siempre a Tere y a Javi.

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Pájaros enormes

 Pedro me señala al horizonte, a mi izquierda.

Habíamos ido a buscarlas lejos de la costa y parecían haber aceptado la cita. La corriente nos había alejado algo del cabo cuando vinieron lejanas hacia nosotros, una y otra y otra seguida de otra. Se seguían con un pausado y ensayado movimiento en las alas. Unas alas enormes que ganaban majestuosidad al acercarse.

Seres amorfamente lindos que tenían alas para moverse,  con las que abrían un espacio que marcaba  un invisible  camino en el gran azul. Volaban en el mar y volaron pasando tan cerca, como para tocarlas si mi tríceps apagado hubiera estirado el brazo. Tan cerca, que tuve que apartar la cabeza para no llevarme un aletazo. Eran pájaros enormes con aletas tan grandes como yo misma. Alas con piel de tiburón, suaves y lisas, siempre brillantes por el baño del agua.

La imaginación parecía no poder inventar un animal tan fascinador como había creado la diversidad del mar. Sus caras eran completamente desconocidas. Una gran boca, bajo dos pequeños ojos muy separados que sobresalían de su cara como en dos puntas de lanza, cada uno en una arista. Grisáceas en el lomo y blancas al dorso, donde sus branquias hacían sospechar que era un pez. Su cara y cuerpo era uno, que continuaba con dos grandes alas de tiburón triangulares y una fina y larga cola. Tan fantásticas como para amarlas, extrañas, diferentes y tan raras como yo para ellas.

A una profundidad de menos de diez metros, iban y venían acompañadas por enamoradas rémoras que saltaban de una a otra. Se movían con una armonía que me permitía disfrutarlas, mirarlas en multitud de distancias y en varios planos para luego desaparecer en una inmensa panorámica azul.

Un encuentro entre extraños al que me enganche, para repetir  y que no me hubiera importado alargar a la eternidad.

manta-raya 1 con marca de agua

 

manta-raya 2 marca de agua