Un mar de cristal

Intocables como el hielo resbaladizo, jugaban entre las vidrieras de colores de las altas catedrales que son las paredes de coral
Fondos en bocas del toro
El día que se sintió libre, con alas, fue cuando se sumergió para descubrir la inmensidad del mar, rodeada de agua azul, azul clara, blanca, transparente.
Descendía levemente a la vez que sus pupilas, cristales convexos, se llenaban apreciando con total nitidez innumerables pececillos que se cruzaban ante ella, parecían puestos delante de un espejo, al que le sigue otro y otro, formaban copias interminables del mismo.
Brillantes, luminosos, planos.
Flotaban y se desplazaban horizontalmente hacia el infinito, con un movimiento a su vez aparentemente tan inmóvil como la imagen fija de un reflejo.
Intocables como el hielo resbaladizo, jugaban entre las vidrieras de colores de las altas catedrales que son las paredes de coral.
Los miraba a través de sus gafas, que para su deleite, aumentaban el tamaño de los pequeñitos, como quien juega a mirar a través de una lupa.
El fondo del mar, un palacio de hielo con todos sus hermosos detalles.
Es así como descubrió la belleza de la diversidad del mar, y ahora, esos momentos que el tiempo congelo para ella y que su iris retuvo y llevo a su memoria, acuden a su llamada cuando necesita luz, tan claros como a temporales, ayudándola a sujetar un mundo tan denso como frágil que se resquebraja a su alrededor. Hicieron que el mundo se convirtiera en un lugar inhabitable en la tierra a golpe de pala y ladrillo.
– Estoy atrapada, moviéndome entre asfalto y tras muros de hormigón – piensa cuando no está en el mar.