COSTA RICA MÁS ALLÁ DE LA ISLA DE COCOS

Publicado en:Escapate 21

“…pero así fue nuestro viaje de buceo a Costa Rica, en el que planeamos un viaje cruzándonos el país en coche y buceando en las islas remotas de Islas tortuga e Isla del Caño, con la osadía de saltarnos premeditadamente la Isla de Cocos y sus trescientos tiburones martillos, para emocionarnos con un arlequín que paraba en El acuario, un punto de buceo en el Pacífico Costarricense”.

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Una de las grandes mentiras del buceo es que para practicarlo y considerarse buceador haya que irse a la última isla, la más remota del Google Maps para poder decir: “Sí, me fui de viaje de buceo”.

También es mentira que tengas que realizar una media de tres inmersiones de buceo diarias como mínimo durante una semana, parando sólo para comer y a actualizar el logbook, para poder contar con la boca grande lo que se ve en la temporada primavera-verano en el destino elegido.

Otros lo que practican es una de peinar las costas y  darle más de una vuelta, aprovechando que la península ibérica es eso, una península, y que además esta al sur de Europa y tiene periodos de agua calentita.Dentro de esta tipología hay unos más radicales, de los que se podrían tatuar animales marinos y meterse en trajes secos en repetidas ocasiones, que recorren nuestras costas saltándose canarias durante todo el año, y diciendo con orgullo en febrero:  “Sí, este fin de semana también fui a bucear”.cr-puerto-viejo-26

Por una cuestión de seguir escribiendo en este medio, no voy a comentar más de estos especímenes que abundan como lectores de esta revista, y porque yo también he pecado de superbuza con frío y por vicio y no voy a renegar de mi pasado por si vuelve, pero en este momento de mi vida como buceadora, practico una última modalidad alejada de todas estas y que marcará la narración de mi viaje a Costa Rica, que es el cometido del presente artículo.

Esta modalidad podría descansar en un “porque tu puedes hacerlo” o en un más áspero “porque  tú puedes permitírtelo” pero que recae en su realidad, en una evolución y en una fuerte convicción moral en la que ando trabajando últimamente y que ayuda a frenar el mundo desquiciado en el que andamos subidos: la clave no esta tanto en lo que puedes hacer, como en hacer lo justo para encontrarse bien, como quien saborea un plato degustación que sin ser más grande que una aceituna esta viviendo una experiencia culinaria.

De esta forma, hay especímenes que nos vamos de viaje a la otra punto del atlántico días y días y buceamos seis veces, y además descaradamente, verbalizamos que entre otras cosas fue un  viaje de buceo. Puedo decir que no buceé más  porque no lo considere necesario y mi condición de tetrapléjica no fue una excusa.

Aclarado esto, habrá quien me mande un montón de mierdas con ojos o un puñado de bailarinas sevillanas, pero así fue nuestro viaje de buceo a Costa Rica, en el que planeamos un viaje cruzándonos el país en coche y buceando en las islas remotas de Islas tortuga e Isla del Caño, con la osadía de saltarnos premeditadamente la Isla de Cocos y sus trescientos tiburones martillos, para emocionarnos con un arlequín que paraba en El acuario, un punto de buceo  en el Pacífico Costarricense.img_9137

Tras llegar en ferry a la península de Nicoya, el centro de buceo que nos llevó a Islas Tortuga no necesitó de grandes infraestructuras para sorprendernos, de hecho, se componía de una pequeña caseta que tenía la magia de estar dentro de la reserva de Curú. Muchos de los animales que prometían las guías y salían dibujados en las entradas de los infinitos parques naturales que hay en el país, se nos habían resistido a la vista para sorprendernos allí revisando los equipos. Un mapache, un cervatillo y varios  monos nos observaron más atentos que un alumno de open wáter.

 Recuerdo ir en la zodiac con una sonrisa y la brisa en la cara, a lo que se sumaron las historias que el patrón nos contaba sobre ballenas jorobadas, a gritos y en lucha con el motor por ser escuchado. Estaban en época de cría, y aunque no pudimos verlas, nos emocionó escucharlas durante las inmersiones y saber que estaban cerca.cr-camino-islas-tortuga-06

Antes de ir a los puntos de buceo paramos frente a Isla Tolinga. La imagen era la portada de cualquier revista de vacaciones de sol y playa; arena blanca, palmeras y agua turquesa y calentita, con la diferencia de que los que estábamos allí éramos nosotros, en un aquí y ahora en el que no nos importó esperar a otro buzo un rato lo suficientemente largo para poder convertirse, a la madrileña, en una de insultos y berridos, pero que allí, en el agüita sospechosamente calentita del sorty, fue pura vida y calmita costarricense.

Ya en el punto de buceo, una entrada algo caótica, fue el previo al mar de fondo que no nos abandono en toda la inmersión y que subió el estatus de la segunda, de la que salíamos más contentos. Peces loro, peces Ángel y Mariposa, cirujanos y algún tiburón punta blanca, fueron los bichos que el Pacifico quiso enseñarnos. En una valoración de éstas que hacemos los buzos, en las que hasta ponerse el neopreno se recuerda  con gusto. Fue un buceo perfecto por mucho más que lo que se ve dentro del agua.

Tras el primer contacto con el buceo, nos dimos un tiempo en superficie de 4 días en el que bajamos toda la costa del Pacifico para llegar a la península de Osa y cruzar desde Bahía de Drake a Isla del Caño. A medio camino, comiendo en Uvita tras ver la playa de Marino Ballena, donde puedes ver como al subir la marea desaparece un espigón de arena y se enfrentan las olas de dos playas, y mientras veíamos jarrear agua sin intención de parar, el camarero nos avisó de los cinco ríos que el 4×4 que llevábamos tenía que pasar para llegar a Drake. Sin dejar de oír caer el agua a cubos, decidir si arriesgarnos a cruzar para llegar el día de buceo programado solo tenía una opción, esperaríamos al siguiente día.img_9070

Pasamos un río, y otro, y otro, hasta pararnos dudando desafiantes en el quinto y último, donde una ranchera  nos adelantó y como Moisés nos abrió paso para que consiguiéramos llegar a Drake, que tras todo el turismo visto los días anteriores, nos pareció, con sus calles de tierra y poco de todo, el rincón perdido de Costa Rica.img_9145

Al día siguiente, desde Drake a Isla del Caño una hora de trayecto en lucha con el Pacífico me movía  sentada en mi silla de un lado a otro y me hubiera sacado por la borda si no hubiera sido por el puñado de pies y manos que apretaban la silla contra el suelo. Cada vez que poníamos la sonrisa que debía de ser recompensada con una brisa marinera, el mar que no hace justicia a su nombre, nos vomitaba agua de frente, rompiendo el encanto y desmontando mi bucólica imagen de ir en barco. Al día siguiente se aderezó con una lluvia intensa  que no paró hasta que entramos en el agua. Humedad del 100% para aliviar nuestras contaminadas pituitarias nasales.

Los dos días que buceamos en la Isla de Caño comenzaban pasados por agua, pero al salir del agua se transformaban el días soleados frente a una isla desierta, borrando las partidas de turistas que traían pequeñas embarcaciones, que pese a no ser pocos, pasaban desapercibidos a la vista entre la inmensidad de vegetación de la isla.img_9074

Los puntos de buceo nos ofrecieron más visibilidad y más vida que en la península de Nicoya y donde entre tortugas, peces globo, langostas, peces cubo, barracudas, rayas, morenas, erizos y estrellas de mar, una cantidad de  tiburones  punta blanca no dudaron en mirarnos a la cara y deleitarnos con un baile de aletas que envidiarían muchas caderas.img_9125 Haciendo las paces con el Pacífico, el último día nos dio un viaje tranquilo de vuelta a la bahía, en el que pudimos ver los enormes lomos de varias ballenas jorobadas.img_9161

Nos despedimos de Drake con un atardecer inmenso que cambiaba de color con cada parpadeo y nos dirigimos al último lugar de buceo que habíamos programado, en la zona de limón en Puerto Viejo de Talamanca, al otro lado del país en el Caribe.

Tras cruzar el Cerro de la Muerte, que me permite con el nombre ahorrarme la narración y más de dos semanas de viaje, los costarricenses afrodescendientes de los habaneros, nos esperaban con reggae, cervezas fresquitas en pequeñas playas y sobornos con guanábanas, mangos y jugos de papaya, a lo que nos rendimos, y el buceo se redujo a un maravilloso baño nocturno con la ultima luna llena que veríamos desde Costa Rica, sin prestar atención al acecho de los mosquitos que despuntaban con la caída del sol.

Podría decir que la pura vida es como quién se compra un ordenador un sábado después de un Black Friday, pero sin sentirte estúpido, porque hacer lo que quieres cuando quieres  puede que sea inteligente a veces y esta infravalorado en nuestro paraíso del consumo y la prisa.

Gracias hermano por querer seguir haciendo el mono conmigo siempre, a Maria por ser una tremenda profesional y a Javi por seguir escribiendo historias de sirenas.

LA CUEVA DEL AGUA, promesas que llegan

-Bucearemos en la cueva del agua-. Era una promesa de estas que si no se cumplen siempre tienen escusa porque apuntan muy alto, pero que si se cumplen, nos acercan a lo irreal y te permiten saber que siempre hay algo más lejos que el final del camino. Sergi quiso cumplirla y el club Oceánides, fue imprescindible.

Por mucho que  tratamos de organizar y provocar aquel momento que promete ser inolvidable o en el que se dará un encuentro que nos cambiará la vida, que  nos ayudará a entender qué hacemos aquí o al menos, que menos, nos llenará tanto como para volver a ilusionarnos hasta la próxima caída. Éstos, siempre se producen un día cualquiera.

Cada día, muchas personas se desilusionan ante un gran momento que prepararon y otras, viven una casualidad que provocará una de esas miradas diferentes que supera la vida que soñaban. Algo incontrolable, que el tiempo nos acaba regalando a todas.

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Hace unos años tuve uno de esos encuentros que vistos ahora me maravillan por todo lo que me han dado y la válvula de escape que me proporcionaron y me proporcionan y que en su continuación me llevaron a bucear el pasado mes de mayo en la Cueva del Agua.

La primera vez que buceé el flechazo entre el agua, los peces y yo no fue tal. El amor no está sencillo y las pasiones, menos. Las miradas, las sonrisas y las personas que las portaban fueron las cómplices imprescindibles del mar, y las responsables directas de que hoy haya muchos lugares inundados de agua donde puedo parar el tiempo, el sinsentido de demasiadas cosas y disfrutar del placer más que carnal de bajar la guardia y dejarme llevar en cada inmersión, sabiendo que mi vida depende de otras personas durante unos minutos. Personas con las que no puedo hablar, más lejos de dos gestos, pero en las que confío plenamente lo más valioso que tengo, mi sensación de libertad.

Tres buzos y una buza me miraron a los ojos en L´ Azohia hace cinco años. Con ella, una mujer valiente que me ha enseñado mucho, he buceado en los mejores lugares del Caribe y en el cenote más espectacular. Con dos de ellos he entendido en que consiste la inclusión real, cuando las diferencias solo pueden sumar y enriquecer a un grupo, sintiendo que pertenezco a su club de buceo con más espíritu que un hooligan. Con el cuarto, responsable principal de aquel encuentro, he tenido el regalo de volver a bucear en esa cueva, un lugar mágico donde el cruce de miradas que sigue a la señal con los dedos y a un ligero movimiento de mi cabeza, nos situaron en el instante donde te dejas caer en sus manos y lo que suceda, solo puede ser bueno.

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-Bucearemos en la cueva del agua-. Era una promesa de estas que si no se cumplen siempre tienen escusa porque apuntan muy alto, pero que si se cumplen, nos acercan a lo irreal y te permiten saber que siempre hay algo más lejos que el final del camino. Sergi quiso cumplirla y el club Oceánides, fue imprescindible.

 La entrada a la cueva se planteaba difícil para bajarme, recuerdo que en las primeras conversaciones salieron los GEOS como necesarios, después la tirolina que se monta para bajar los equipos podía ser la solución para bajarme y finalmente, viendo que no faltaban brazos para abrazarme hasta el agua, una camilla de rescate rodeada de ellos me llevó hasta la entrada.

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Pasando de mano en mano, asegurando donde pisaba cada pie, un montón de Oceánides, Sergi, su compañero, mi asistente y buzas de tierra me situaron tumbada en un espacio plano a la orilla del agua.

Encajamos en mi cuerpo las últimas piezas de neopreno que me faltaban y con un correspondiente sondaje galáctico entre piedras y cremalleras, estaba en el agua preparada para meter la cabeza.

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Llevábamos dos días de buceo por cavernas de la zona y siendo mayo, el agua no andaban aún muy caliente, asique los 25 grados de la cueva fueron un regalo para mi cuerpo, que llevaba dos días encogiendo mis hombros en busca de un poco de tiritona que lo calentara y que mi médula no tuvo la cortesía de regalarle.IMG_7964

Dentro, el agua presentó su primer espectáculo cuando la diferencia de densidades del agua distorsionó con brillos lo que veían los ojos , el juego de temperaturas entre 25 y 29 grados engañó al cuerpo con un masaje en los capilares, que se abrieron y cerraron adaptando el cuerpo a lo placentero y la panorámica de lo que encierra la tierra, culpa de la oscuridad sorprendida por los focos de nuestras linternas y de la arcilla empapada que creaba la cueva, presentaba formas que solo saben describir los relatos, llevándonos ligeros, disfrutando, intentando que un movimiento impreciso no levantara la débil tierra mojada que borrara la foto de la que disfrutaban nuestras miradas.

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Fuera, de nuevo las sonrisas cómplices que crea la pasión por el buceo, cerraban el fin de semana con conversaciones sobre futuros viajes y próximos mares, confirmando que repetiríamos, que los años pasaran de manos del buceo, con quien empecé, con aquel momento que le dio el giro a los sueños, el justo y preciso para ponerlos en sintonía con lo posible.

Gracias a todos los que abrazáis mi cuerpo y lo acercáis al corazón de la madre tierra.

En cubierta respirando

“No estaba alerta, ni pendiente, ni agasajada, sólo estaba disfrutando con unos amigos de las maravillas del buceo”

 

Puede  que me ahogue al día una y otra vez buscando aire para enfrentarme a lo que me da miedo.

Aquello aparentemente sencillo, se revuelve y nos roba la sonrisa, y con ello convivo eterno, como nos pasa a todos.

Incluso calmando el ansia, con el tiempo que tanto nos enseña, no encuentro otra forma de vivir que no sea poniéndome delante del miedo y pidiéndole que me dé la oportunidad de enfrentarme a él.

He pasada miedo viajando y buceando, me he sentido asustada e histérica reclamando mi espacio y mi oportunidad de llegar donde estaban otros, y he sentido la inclusión de ser una más, con los cuidados justos y el espacio de estar sola ante mis decisiones. Siento que el mar es un terreno conquistado, sin ser mío, puedo participar de él con mis particularidades.

Sentada en la cubierta del barco, en mi ultima inmersión en el Algarve, recuerdo tener esa sensación extraña, conocida, pero lejana, en la que no estaba alerta, ni pendiente, ni agasajada, solo estaba disfrutando con unos amigos de las maravillas del buceo. Como quien cierra un capitulo de un libro, sentí placer y extrañeza. El buceo me ha permitido coger aire en muchas ocasiones y me mantiene cuerda, por eso sé que no dejaré de bucear nunca, aunque siento y sentí en aquel momento que es momento de conquistar espacios más cercanos, aparentemente más sencillos, de los que tuve miedo y ahora, con algo de impuso, quiero volver a mirar, para volver a preguntar ¿y tú, que miras?.

No me gusta citar a concretos en los post, por aquello de dejarlo en la escritura, pero consciente de que de alguna forma voy a invernar y el blog conmigo, me permitiré la excepción y le agradezco a Javi, mi compañero de buceo por tanto y por montar estos videos que me devuelven al mar cuando me seco, a Francisco y a por ese encuentro en una feria de buceo que me regalo del Ocean revival y ese momentito de paz en la cubierta y al club Oceánides por mirarme siempre con la igualdad que me devuelve a quien soy más allá del movimiento.

Otro video magnifico Javi.

 

Sudando en el hielo

Muchas manos sostuvieron mi cuerpo hasta que llegó al agujero en el hielo y las que no lo sostuvieron cubrieron las necesidades de las que lo hicieron.

Comenzamos el día pronto, vistiéndome para ir a la nieve en una cama bajita a golpe de riñón de asistente.

1,2,3, y ya estaba en la silla manual, desde donde esperé al siguiente transporte con las ruedas en la nieve.La mañana se iba despejando y hacia hueco a un sol que nos acompañó toda la mañana. Una foto, una risa, uno tirado hacía el ángel, otro se intentaba abrochar el botón del pantalón de nieve de su mujer, y el más loco, revisaba las suelas de sus botas, no fuera a entrarle agua.

Una parte esperábamos la moto de nieve y otra parte del grupo ya estaba de camino subiendo con unas raquetas.

1,2,3, y otros dos pares de riñones me tumbaron en una camilla, donde fui dulcemente momificada en un saco y atada con unas cinchas por las manos de una conductora francesa, que me prestó sus gafas para protegerme de la nieve. Enganchada la camilla a una moto de nieve, subí por las pistas de esquí viendo las cimas de las montañas blancas pasar velozmente de camino al lago helado, donde nos habíamos propuesto meter la cabeza.montañas del PIAU

Era una logística compleja,  una vez abandonara mi silla, tenía que ir de la moto al lago, pasando por ponerme un traje seco. Pero para cuando llegué, parte del grupo ya habían preparado una improvisada cama para cambiarme en el modulo de madera calefactado que hacía las veces de club de buceo.

1,2,3, y estaba rodeada de brazos que se movían por la nieve llevándome de camino al improvisado vestuario, donde tres mujeres entre sudores y risas, a modo de haman, me enfundaron en un mono plastificado relleno de una especie de manta del sofá, que llaman “rata”.

Tiraron de un pie y del otro, tiraron.

A pesar de tardar un siglo en avanzar cada centímetro de mis piernas, “la rata” no consiguió que nadie cesara en su empeño de meterme en el traje, y ante la mirada de alguno que pasaban y más manos espontaneas que se lanzaban a la batalla, cedió y entró. No fue menos parto el traje seco, un mono de neopreno de un plástico más duro que el delantal de un pescadero, que te sella del paso del agua.

Una mano abría un poco el cuello para darme aíre, mientras otras, terminaban de tirar.

Por último, las manoplas y las dos capuchas, que puestas, hacían bombear tanta  presión a mis cuencas oculares que, apunto de estallar, pedían entrar en el agua.

Calor y presión, y ni gota de frío.Llegando al hielo

1,2,3 y otro montón de manos me llevaron a recorrer los últimos metros hasta el agujero, me sentaron en el borde y unos brazos me rodearon, hasta que con el equipo puesto, me sostuvo la botella clavada en la nieve.

Ya solo un par de manos más para escurrirme del hielo al agua, otra para ponerme el regulador, otra para llevar la grifería, otra para compensar, otra intentando bajarme las piernas, otras tantas más volviendo a intentar bajarme las piernas que se resistían, una cuantas vueltas en la superficie y una salida para solventar problemas técnicos, y mi cabeza estaba finalmente debajo del hielo donde el instructor cogió una de mis mano y la pasó por el hielo ante mi mirada, que me veía tocar el hielo, tocar el hielo con una sola mano.dentro del hielo

 

Gracias a Ester, que no dudo en incluirme en el  grupo de expedición a la estación de esquí del Piau-Engaly, donde una cadena de locos maravillosos me llevaron a disfrutar del sábado más intenso de mi historia de buceadora.

Bucear en el hielo me parecía una locura increíble que podía pedir bien alto porque nadie me iba a oír más lejos de mi imaginación. Una de esas cosas que veo que hacen otros buceadores y que no son para mi.

Puedo quitarle hierro y obviar la necesidad de dar las gracias, pero no me sale, me supera, llego a pensar, que he encontrado gente que tiene más clara mi inclusión en el buceo, que yo misma.

Gracias a Oceánides, a Highlife y  a Buceo Piau-Engaly

A Javi, siempre y a María.

Y, a cada espontáneo que me robo una sonrisa.Elena después del hielo

Azores. La gruta de Pedro

Un rincón de Santa María

Si ahora lo busco en un mapa, parece no apuntar en ninguna dirección. Verdes. Perdido en el Atlántico. Montañas verdes. Perdido en la pequeña Isla. Yucas en flor, blancas y verdes. Ese rincón se grabó en mi memoria. Altos bancales de viñedos. Consiguió que las revoluciones de mi mente se frenaran con cada segundo que pasaba allí. barrancos verdes. Paz y calma. El musgo verde bajo el agua de una pequeña cascada .Sentí que podía coger aíre para el resto de mi vida. Verdes montañas cortadas que van a parar al azul del mar. Fue un regalo saber que bucearíamos allí cuando la embarcación nos dejó ver que estábamos frente a ese paisaje. El verde más verde se une al azul más azul. El punto de inmersión quedaba muy cerca de esa bahía. Bucearíamos debajo de aquel rincón perfecto.

rincón Azores

 

 

 

 

 

 

Debajo de un rincón de Santa María

El mar estaba quieto rompiendo la maldición que acompaña al nombre del Atlántico. Suave espuma blanca. Y el sol calentaba de sobra el día, preparando una entrada tranquila, lejos de las corrientes que habíamos sufrido otros días. Un cosquilleo del sol en el hombro.

La majestuosa gruta se alzaba entre dos rocas. Piedra. Formando un triangulo que escondía dentro un azul eterno. Los focos de mi casco alumbraban las paredes donde las estrellas de mar de diversos colores compartían espacio. Rojos, naranjas. Los rayos de luz cortaban la piedra dibujando contraluces en gamas de azules. Transparente que tiñe de azul la roca. La gruta se abrió y una visibilidad inmensa nos dejó ver bicudas, moreias, rainhas, castanhetas, salmonetes, una raia, el baile de una liebre de mar. Negra, suave, viva. Y huidizos peixes balão. Todo entre las rocas y la fina arena. Una eternidad, un instante. Fuera del agua. Barrancos verdes. La bahía nos daba una posición en la tierra y volvía a ser protagonista, dejando atrás un azul intenso que recuerdo en pocas inmersiones. Infinito.

Gruta de Pedro II. Azores

Un lugar mágico con nombre en la pequeña isla de Santa María. Nombre que yo no te daré y lugar que no debes perderte.Gruta de Pedro 3. Azores

 

Gracias Pedro, Jorge y Manuel. Siempre a Tere y a Javi.

Pájaros enormes

 Pedro me señala al horizonte, a mi izquierda.

Habíamos ido a buscarlas lejos de la costa y parecían haber aceptado la cita. La corriente nos había alejado algo del cabo cuando vinieron lejanas hacia nosotros, una y otra y otra seguida de otra. Se seguían con un pausado y ensayado movimiento en las alas. Unas alas enormes que ganaban majestuosidad al acercarse.

Seres amorfamente lindos que tenían alas para moverse,  con las que abrían un espacio que marcaba  un invisible  camino en el gran azul. Volaban en el mar y volaron pasando tan cerca, como para tocarlas si mi tríceps apagado hubiera estirado el brazo. Tan cerca, que tuve que apartar la cabeza para no llevarme un aletazo. Eran pájaros enormes con aletas tan grandes como yo misma. Alas con piel de tiburón, suaves y lisas, siempre brillantes por el baño del agua.

La imaginación parecía no poder inventar un animal tan fascinador como había creado la diversidad del mar. Sus caras eran completamente desconocidas. Una gran boca, bajo dos pequeños ojos muy separados que sobresalían de su cara como en dos puntas de lanza, cada uno en una arista. Grisáceas en el lomo y blancas al dorso, donde sus branquias hacían sospechar que era un pez. Su cara y cuerpo era uno, que continuaba con dos grandes alas de tiburón triangulares y una fina y larga cola. Tan fantásticas como para amarlas, extrañas, diferentes y tan raras como yo para ellas.

A una profundidad de menos de diez metros, iban y venían acompañadas por enamoradas rémoras que saltaban de una a otra. Se movían con una armonía que me permitía disfrutarlas, mirarlas en multitud de distancias y en varios planos para luego desaparecer en una inmensa panorámica azul.

Un encuentro entre extraños al que me enganche, para repetir  y que no me hubiera importado alargar a la eternidad.

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manta-raya 2 marca de agua

A POC A POC; EL BOU FERRER

“El Bou Ferrer era sólo mi inmersión número sesenta, un barco lleno de ánforas que fotografiar mientras jugaba con el mar. No fui consciente de lo que suponía juntar la historia y el mar hasta que lo vi”

Descendíamos por el cabo observando el burbujeo de los compañeros y la inmensidad del azul. El sedimento había enterrado para su protección al  Bou Ferrer, un barco mercantil romano con unas 3.000 ánforas que contenían salsa de pescado, y que el Mediterráneo escondió  a unos 24 metros de profundidad. Una buena visibilidad comenzaba a dejarnos ver a unos 15 metros sus entrañas.

Bou Ferrer 5Al descubierto,maderas de la estructura del barco y una amplia cantidad de ánforas registradas con un número escrito en una etiqueta amarilla atada al cuello de cada una de ellas. Lingotes de plomo con inscripciones por descifrar y rejas puesta encima  del resto del barco para evitar robos. Espoliar parte de este barco del siglo I d.C ya había sido idea de cabezas poco lúcidas. Observábamos a escasos metros  mientras nos movíamos por una cuadricula acotada por unos cabos. DCIM112GOPRODurante los primeros minutos abajo, a la sensación de libertad del buceo se unía el encanto de la historia y lo  desconocido, para más tarde invadir mi cabeza de pensamientos sobre el trabajo de los arqueólogos subacuáticos. Medir el gasto de aire mientras trabajas con posturas acrobáticas. La interacción del agua que conserva y corroe, combinada  con el mimo y la paciencia. Buscar, contar y volver a dejar como estaba. Desenterrar la vida de los antiguos, regidos por  parámetros de tiempo actuales, ahí donde el mismo se paró hace mucho. Qué duro, qué bonito. Bou Ferrer 1Terminado el histórico encuentro, miraba el ordenador en el ascenso, minutos, metros, grados, porcentajes, números. El tiempo riéndose en mi cara me mandó con los romanos, con la de veces que he pataleado por no poder volver al pasado y las que  he querido agarrar los segundos para que no se escapara. Ya con la cabeza fuera del agua, se volvía a manifestar en la cara de todos los buzos esa sonrisa que durante unos minutos se mantiene después de una inmersión como tránsito del agua a la tierra.

Nuestra visita sería una experiencia para nosotros y un toque de atención para sumarnos a ser protectores de lo que vimos, cuantos más conozcamos la importancia del Bou Ferrer, más fuerte será la coraza que lo cuide. El conocimiento siempre fue la mejor arma.Bou Ferrer 4

La paciencia se esconde entre los rincones. Obligados a girar como peonzas, pagamos, sufrimos y nos exigimos. La locura se apodera de nosotros y el deber ser nos absorbe. En la eterna búsqueda  por frenar, he descubierto que dentro del agua el tiempo se relentiza, las pre-ocupaciones disminuyen en número, el momento presente se convierte en compañero y la tan añorada paz te sonríe para que la disfrutes. Acompañar esto, con un tiempo pasado que vuelve para contar historias, se convierte en un sueño con una dulce nana.Bou Ferrer 2

A Tomás Herrero, el jefe;

Sólo una mirada como la tuya pudo disfrutar este pecio con tanto cariño,Prueba de ello, que quisieras compartirlo.

Fotos cedidas por: Jose Antonio Moya.

 

 

Buceando con las bragas secas o ¿no?

Si alguien nos dice “estuve buceando este fin de semana” nuestra mente visiona un tipo mojado hasta las orejas llevando unas antiestéticas gafotas con un tubito pegado a un lado de las mismas de un estridente color fosforescente, neopreno negro y unas aletas de un color de una escala cromática muy alejada de la del tubito. Esta visión forjada en nuestra retina desde la infancia por Playmobil (1) y compañía (2) dista mucho de los buzos actuales que ahora parecen más bien astronautas y tienen más complementos que la Barbie (3). Uno de sus básicos para la temporada de otoño-invierno, es una traje con el que se puede salir del agua con las bragas secas. Se conoce comúnmente y sin más nombres como: Traje seco (4). Lo descubrí no hace mucho, lo probé en la piscina y buceé con él en el mar a principios de Semana Santa en Jávea.Javea - Anémona

El agua estaba a 15 grados, una temperatura perfecta para pasar frío buceando y comprobar si las virtudes de mi recién adquirido traje seco eran reales. Si conseguía el milagro de no pasar frío, soñar con bucear en el norte de la península, en el Atlántico o bajo el hielo podrían convertirse en locuras realizables para mí.Saludo al sol

Salimos el sábado a las tres de la mañana de Madrid para bucear en Jávea a las nueve. El plan inicial no era tan masoquista pero mi intestino, que es uno de mis enemigos más fieles, volvió a decidir tenernos esperándole.

Primer día de inmersiones. Llevaba unas mallas térmicas, un pantalón de chandal de la XL de algodón del güeno y doble de calcetines, bien estirados por encima del pantalón, camiseta térmica y para terminar la cebolla, un forro polar.

Mi traje seco es como uno de esos pijamas de bebé que llevan cubiertos hasta los piececitos pero de neopreno grueso negro azabache, con manguitos mucho más estrechos que mi mano, un cuello con la posibilidad de dejarte sin riego cerebral y una cremallera de latón en la espalda de hombro a hombro que te encierra en el sofisticado conjunto.

El traje secoComenzamos el ritual de ponerme el traje. Mi asistente iba metiendo el traje mientras una amiga y otros buzos espontáneos del centro de buceo tiraban de mis piernas y me alzaban para meter el traje hasta la cintura y quedarme arreglada para la fiesta en mi silla. Los últimos retoques; gafas, manoplas, capucha y meter la cabeza por ese agujero de neopreno del infierno, lo dejamos para la zodiac.

A la zodiac subí sin mi silla. Pusimos mi cojín en el suelo, me despatarré y apoyé mi espalda en el flotador (5) con Javi sentado detrás para evitar que mi cuerpo terminara clavado contra una botella de doce o si se decidía por tirarse a la derecha, con los dientes en los pies (6) del patrón. Rumbo al punto de inmersión.

Ahí estaba, metiendo mi cabeza en ese cuello primo hermano de los corsés de principios del XIX, disfrutando de una brisa primaveral, que llevaba mis cabellos hacia mi boca y que no sería mi amiga cuando saliera del agua con la nariz helada.

Me fueron escurriendo de la embarcación hasta notar el agua fría en mi nuca y en mi cara. Me cuestioné la necesidad de pasar por eso, hasta que me sumergí. Hicimos dos inmersiones ese día. Javi controlaba mi traje, el suyo, ambos jackets (7) y mi compensación (8). Fueron inmersiones complejas y sí, pasé frío en el agua y fuera, pero no me quitaron las ganas de repetir al día siguiente. Soy una jonki (9) del buceo.

El domingo, segundo día de inmersiones, repetimos la jugada haciendo unas mejoras. Apretamos una válvula por la que me había entrado agua el día anterior y me puse doble de ropa. Como muy bien me enseñó mi madre, mi maleta para 2 días llevaba una buena dosis de por sí acasos (10) entre los que había un arsenal de ropa térmica.Javea - Los Arcos

El viento andaba tranquilito y le permitió al sol calentarnos un poco, antes y después de las inmersiones. La grifería (11) la agarraba Deiviz y se encargaba del jacket. Javi controlaba el aire del traje. La compensación quedó en manos del primero que veía mi señal.

Las inmersiones habían ido bien, pero me quedaba la prueba final; ¿había conseguido bucear con las bragas secas? Al quitarme el traje en el centro comprobamos que sí, seca por todos los lados. Me hubiera podido ahorrar el engorro de cambiarme de ropa, pero las tres capas térmicas no eran el modelo adecuado para ir a comer cerca de la playita.

Creo que puedo decir que demostré tener los ovarios bien gordos, con un equipo fantástico para echarme un cable, pero faltaría a la verdad si no dijera que había otros dos ovarios más gordos cerca mío, los de mi asistente personal Noelia, que aguantó el tirón de levantarse el sábado de madrugada, dormir poco al día siguiente, aguantarme y ponerme el traje y esperar en la zodiac con vientos y soles, a que yo realizara mi prueba de fuego.

Espero que mis bragas secas me acompañen en más inmersiones y me permitan ir con ellas bajo el hielo.

 


Notas al pie

  1. Clics.
  2. Arganboy, madelman, actionman
  3. Muñeca culturalmente endosada a las niñas y preferida por los niños.
  4. Indumentaria de buceo de neopreno o ¿trilaminada?, que, inflándose por una válvula y desinflándose por otra para crear una capa de aire, te da aspecto de muñeco Michelin y te mantiene más calentito, te aísla del agua y te permite abrigarte con ropa y ropa poseído por el miedo a pasar frío a temperaturas no gratas. En la teoría.
  5. Borde circular relleno de aire que rodea toda la zodiac (es casi toda ella) en el que se depositan los pasajeros, buzos y no buzos, los cuales se agarran por medio de cuerdas cuando las olas les hacen brincar. Unos ríen jovialmente como si estuvieran en la intimidad de sus habitaciones, anhelando o recordando. Otros van pasando de blanco a azul y acercando sus futuras vomiteras a la boca.
  6. Volumen en litros del recipiente que se utiliza más comúnmente. También pueden usarse de 10 litros para los que consumimos menos, 15 para los que consumen más o combinaciones de “bombonas” (utilizar la palabra bombona rechina a los buceadores, pero es mi texto y defino como quiero). Los más frikis o profesionales bucean con más bombonas que las que puedo contar con mis manos, se las ponen a los lados, a la espalda; a estas práctica la llaman bucear en sidemount, backmount … etc, etc. También se las cruzan e incluso hacen trenzas de raíz con ellas. Llegandoa llevar hasta una procesión de tanques (nombre utilizado en Latinoamérica).
  7. Chaleco sin mangas que se hincha y se deshincha manualmente y permite a los buceadores subir y bajar del fondo del mar.
  8. Forma de igualar la presión que se genera en los oídos al bajar durante la inmersión. La forma más común es que el buceador/a se presiona la nariz para liberar la presión de los oídos. A mí, me la presionan.
  9. Persona/personaje enganchado a algo. Nombre mal asociado a enganchado a las drogas porque proliferan los enganchados a cosas muy diversas.
  10. Enseñanza familiar que me persigue. Costumbre enfermiza de llevar muchas más cosas de las que uno necesita, justificando el exceso con un millón de situaciones que podrían pasar hipotéticamente.
  11. Llave de la botella de buceo que nunca debes cerrar bajo el agua y lugar de agarre del buceador que me lleva en mis inmersiones.

EL CENOTE.EL PIT

Un enorme agujero. Estamos flotando en el agua y Javi me sostiene erguida sujetando mis piernas con las suyas, y agarrando por momentos de mi chaleco de buceo cuando me voy hacia delante. Atrás queda ya una empinada escalera y, unos cuantos metros arriba, la selva. Nos miramos a través de las gafas y él me hace una señal, uniendo su dedo índice al pulgar y levantando los demás. Yo afirmo con la cabeza que estoy lista, moviéndola de arriba a abajo.entrada al Pit
Las 12:14 marca mi ordenador de buceo.
Nuestras pupilas no se separan hasta repasar todo lo que necesitan saber antes de sumergirnos y se mandan preguntas que no podemos contestarnos por ahora. Respiro el gas que me proporciona mi regulador. Mi respiración es pausada y comienzo a escuchar las burbujas que el aire y el agua generan al mezclarse.
Ahora entre dos medios.
Ahora rodeados de agua.
Aparte de Javi también bajan conmigo Ruth y Ángel. En otro grupo Aitor, Guille y Tere, mi asistente personal.
Nos dijo Ángel que bajaríamos unos 30 metros y luego iríamos ascendiendo por las paredes del cenote, observándolo.
No es el primer cenote en el que buceamos en el viaje. Esos enormes agujeros de agua transparente, que se ocultan entre los verdes de la selva media mexicana, te atrapan, te conectan con el interior de la tierra. Metros de túneles inundados, recovecos amplios y estrechos que respiran por salidas que permiten a la luz entrar para pintar contraluces. La mente disfruta sin poder retener más allá del momento presente, tan presente como conectado al pasado. Sus imponentes estalactitas cuentan su historia, conectan con sus civilizaciones muertas.
Compenso. Javi aprieta la máscara a la altura de mi nariz, se unen mis fosas nasales y dejo de notar la presión en mis oídos.
El aire que queda entre mis ojos y mis gafas, el agua cristalina, los focos de mi casco, sus linternas y los rayos de sol, nos permiten ver. Elegimos qué mirar o eso creemos.
Ruth me vigila y mantenemos un buen contacto visual. Ya somos viejas compañeras bajo el agua y bucear con ella me recuerda muchos mares y asegura a mis sueños otros por conocer.El Pit
A Ángel lo conozco de hoy, no ha dudado que teníamos que estar ahí, nos quiere enseñar algo y me genera seguridad. Él ya conoce este cenote, nos dijo que bajaríamos unos 30 metros.
Pienso qué puede haber a 30 metros, no necesitamos tantos metros en otros para disfrutarlos, pero no rechazamos la propuesta de entrar en éste cuando se nos hizo.
Estamos bajando.
Giro la muñeca, 2,30 metros aparece en el centro a la derecha en la pantalla.
Ya no tengo a Javi delante de mí, está detrás agarrando mi grifería, buscando una buena postura para los dos y sólo veo su mano para indicarme si necesito compensar. Le contesto con ligeros movimientos de cabeza, normalmente afirmando. Ya nos conocemos dentro del agua, llevamos días intensos de buceo y estoy cómoda con él. La tensión del miedo a lo desconocido, a cómo hacerlo, comenzó a transformarse en disfrute y en esperar a lo que nos pueda venir, sabiendo algo el uno del otro. Él observa, yo observo. Sé que está conmigo y no soltará mi grifería sin decírmelo. Ahora no dudo.
Javi me enseña su ordenador. 25 grados es la temperatura del agua. Un regalo para mi cuerpo que responde manteniendo mis músculos relajados y dejándose llevar. Me permite el disfrute del cambio de postura, bailando ligeramente con el agua para darme movimiento. No hay espasmos, no hay dolor, mi silla espera en tierra.
Descendiendo. Dos sonidos nos acompañan, el del regulador cuando necesitamos aire y el de las burbujas en la espiración.El pit 1
¿Por qué 30 metros? Todo lo pasado es ya más de lo que pensé que le tocaba vivir a mi cuerpo inmóvil. Estoy inmersa otra cultura, de contrastes de colores en playas, pueblos y comidas. De olores desconocidos, sabrosos, podridos y embriagadores. De personas nuevas y viejas que me dan anécdotas, sonrisas, realidades. De la historia de los otros y nosotros, tan cebada y malograda, tan real y aleccionante.
Mi silla y sus fantasmas perdían protagonismo, tal vez no para mí, pero sí en el viaje. Convertida casi en un objeto. Estaba buceando a millones y millones de kilómetros de mi tan “útil” cama articulada.
Seguimos descendiendo, juntos, viéndonos unos a otros.
¿Para qué 30 metros?
Capucha, camiseta térmica, neopreno, escarpines, chaleco, casco, ordenador, equipo, botella, agobiante en tierra pero casi imperceptible ahora. 16 metros. Veo mis manos protegidas por guantes que transformamos en manoplas para mí. Mis manos están preparadas para mi señal favorita cuando veo algo que me gusta; un apasionado aplauso marcado por el ligero choque de una sobre otra.
Ya no necesito compensar apenas y mi cuerpo siente este medio como el suyo.El Pit 2
¿Qué puede haber a 30 metros?
La luz no me abandona apenas, la claridad del agua no te permite verla y poder respirar bajo ella te lleva a la inconsciencia de olvidarla.
No puedo distinguir el espacio. Las linternas son acompañantes que ganan protagonismo a cada metro.
Mi cabeza se inclina hacia abajo y mis ojos dejan de creer en cualquier mentira que mi mente les suele contar, para creer en lo que ven: un árbol, una rama enorme, llena a la vez de muchas ramas. Un árbol vivo o muerto. Un árbol. Está rodeado de una niebla blanquecina que lo protege, que parece girar a su alrededor. Un carrusel que poco a poco me rodea a mí también. Giro en la bruma, la luz, no escasa pero oscura, me permite soñar con un paisaje propio del cuento más fantástico, allí, ante mí, yo ante él, a 30 metros, la mejor atracción del Pit.
Quiero quedarme. Qué estoy viendo. Quiero ir más abajo, poder observarlo, explorarlo, que la niebla de azufre me envuelva siempre. Tengo la sensación de estar viajando al centro de la tierra. No pienso en nadie, encuentro un espacio mío, añorado. Estoy sola, no hay análisis, ni conclusiones sobre qué hago o qué soy, sólo está el placer de admirar lo desconocido. Desnuda mi persona ante lo que no conozco, olvido el miedo. La necesidad de protección desaparece y la soledad se disfruta porque fluye un poder más fuerte que la seguridad, el deleite por aquello que no sé soñar, por aquello que no puedo controlar. Estoy a unos 30 metros conmigo misma. Olvido dónde está mi cuerpo y qué puede hacer.El Pit. El árbol
Poco a poco me separo de la nebulosa, con la pena de no poder hacer ese momento eterno y con la alegría de que sólo sea un encuentro instantáneo. En el espacio de aire entre mis gafas y mis ojos hay agua que brota tímida de mis lagrimales y el gas que llega desde mi regulador se topa en mi garganta con un nudo tan placentero que no quiero deshacerlo.
A la misma profundidad que nosotros veo al otro grupo, pequeñitos y lejanos. Ahora percibo el tamaño del enorme agujero, ilusorio y majestuoso, cubierto de agua, protege en el centro de su corazón un árbol en las nubes.
Volviendo en mí o volviendo a perderme, miro el ordenador de buceo. Marca las 12:17, profundidad, 29 metros.

MIL COLORES, CLARIDAD Y AGUAS CALENTITAS: EL CARIBE

“Cada inmersión un mundo. Un subidón. Un juego entre compañeros. Un placer. Un segundo. Un reto. Una imagen. Una oportunidad. Un recuerdo. Un regalo”

Y llegó el final de mi viaje por tierra y casi el principio del viaje submarino.

Dentro del agua no había cansancio, no pensaba si el viaje había sido duro, sí había sido una locura, sinceramente solo podía ser en ese momento muy egoísta y disfrutar del momento, de los colores y formas de los corales y las esponjas, de la infinidad de estrellas de mar, de la sensación de descanso de la silla con la que me muevo, llevada por otro buzo en busca de pececillos que me regalaran su movimiento entre la claridad de las aguas del Caribe.

Cada inmersión un mundo. Un subidón. Un juego entre compañeros. Un placer. Un segundo. Un reto. Una imagen. Una oportunidad. Un recuerdo. Un regalo.

Las sensaciones debajo del agua son un viaje que no sé o no quiero contar, pero dejo unas fotos para compartir con vosotros  un instante de lo inenarrable, poder  estar de nuevo también debajo del agua.

Gracias mamá tierra.

Fantasticas fotos cedidas por Rut Gomez

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