Sudando en el hielo

Muchas manos sostuvieron mi cuerpo hasta que llegó al agujero en el hielo y las que no lo sostuvieron cubrieron las necesidades de las que lo hicieron.

Comenzamos el día pronto, vistiéndome para ir a la nieve en una cama bajita a golpe de riñón de asistente.

1,2,3, y ya estaba en la silla manual, desde donde esperé al siguiente transporte con las ruedas en la nieve.La mañana se iba despejando y hacia hueco a un sol que nos acompañó toda la mañana. Una foto, una risa, uno tirado hacía el ángel, otro se intentaba abrochar el botón del pantalón de nieve de su mujer, y el más loco, revisaba las suelas de sus botas, no fuera a entrarle agua.

Una parte esperábamos la moto de nieve y otra parte del grupo ya estaba de camino subiendo con unas raquetas.

1,2,3, y otros dos pares de riñones me tumbaron en una camilla, donde fui dulcemente momificada en un saco y atada con unas cinchas por las manos de una conductora francesa, que me prestó sus gafas para protegerme de la nieve. Enganchada la camilla a una moto de nieve, subí por las pistas de esquí viendo las cimas de las montañas blancas pasar velozmente de camino al lago helado, donde nos habíamos propuesto meter la cabeza.montañas del PIAU

Era una logística compleja,  una vez abandonara mi silla, tenía que ir de la moto al lago, pasando por ponerme un traje seco. Pero para cuando llegué, parte del grupo ya habían preparado una improvisada cama para cambiarme en el modulo de madera calefactado que hacía las veces de club de buceo.

1,2,3, y estaba rodeada de brazos que se movían por la nieve llevándome de camino al improvisado vestuario, donde tres mujeres entre sudores y risas, a modo de haman, me enfundaron en un mono plastificado relleno de una especie de manta del sofá, que llaman “rata”.

Tiraron de un pie y del otro, tiraron.

A pesar de tardar un siglo en avanzar cada centímetro de mis piernas, “la rata” no consiguió que nadie cesara en su empeño de meterme en el traje, y ante la mirada de alguno que pasaban y más manos espontaneas que se lanzaban a la batalla, cedió y entró. No fue menos parto el traje seco, un mono de neopreno de un plástico más duro que el delantal de un pescadero, que te sella del paso del agua.

Una mano abría un poco el cuello para darme aíre, mientras otras, terminaban de tirar.

Por último, las manoplas y las dos capuchas, que puestas, hacían bombear tanta  presión a mis cuencas oculares que, apunto de estallar, pedían entrar en el agua.

Calor y presión, y ni gota de frío.Llegando al hielo

1,2,3 y otro montón de manos me llevaron a recorrer los últimos metros hasta el agujero, me sentaron en el borde y unos brazos me rodearon, hasta que con el equipo puesto, me sostuvo la botella clavada en la nieve.

Ya solo un par de manos más para escurrirme del hielo al agua, otra para ponerme el regulador, otra para llevar la grifería, otra para compensar, otra intentando bajarme las piernas, otras tantas más volviendo a intentar bajarme las piernas que se resistían, una cuantas vueltas en la superficie y una salida para solventar problemas técnicos, y mi cabeza estaba finalmente debajo del hielo donde el instructor cogió una de mis mano y la pasó por el hielo ante mi mirada, que me veía tocar el hielo, tocar el hielo con una sola mano.dentro del hielo

 

Gracias a Ester, que no dudo en incluirme en el  grupo de expedición a la estación de esquí del Piau-Engaly, donde una cadena de locos maravillosos me llevaron a disfrutar del sábado más intenso de mi historia de buceadora.

Bucear en el hielo me parecía una locura increíble que podía pedir bien alto porque nadie me iba a oír más lejos de mi imaginación. Una de esas cosas que veo que hacen otros buceadores y que no son para mi.

Puedo quitarle hierro y obviar la necesidad de dar las gracias, pero no me sale, me supera, llego a pensar, que he encontrado gente que tiene más clara mi inclusión en el buceo, que yo misma.

Gracias a Oceánides, a Highlife y  a Buceo Piau-Engaly

A Javi, siempre y a María.

Y, a cada espontáneo que me robo una sonrisa.Elena después del hielo

DIARIO DEL HIELO II

Miercoles 25. 4 días para el hielo

Nieve y Asistencia personal

Encuentro en internet un video sobre la estación de esquí y esta todo blanco. Hay nieve y más nieve,  y un montón de esquiadores jugando con la velocidad y la adrenalina. Mi imaginación vuela y me veo integrándome en el lugar, con mi silla manual clavada en la nieve y mi asistente roja y sudorosa intentando moverla para llegar a la tienda de souvenirs. En el video también aparece un balneario con un montón de esos esquiadores y familias felices disfrutando de chorros de agua y burbujas. Mi mente vuelve a jugármela y me veo ataviada con el bañador y siendo llevada por dos amigos. Uno me agarra de los sobacos y otro de las rodillas y  me bajan por la escalerilla de una de las piscinas, mientras yo sonrío al público, que no puede evitar percatarse de mi entrada triunfal.

Mientras escribo esto, mi asistente personal guarda mi equipo de buceo para el viaje.Ella ha buceado conmigo y sabe lo que necesito, pero va tachando de la lista que yo le hice. Yo decido y participo aunque nunca he agarrado mi mascara de buceo. Sé a qué huele y la he sentido en la cara.

La asistencia personal, como  recurso,  me permite decidir si quiero pedir ayuda, decidir que, cuando y como, sin dejar mi voluntad en manos de otros que puedan decidir que parcela de autonomía me dan dependiendo de el tiempo que pueden dedicarme o de cuanto crean (ellos) que es de importante aquello que quiero hacer.

Me permite ir a bucear al hielo y que mi madre se eche las manos a la cabeza, sin tener que presenciarlo a 2 grados bajo cero. Ella estará en algún lugar calentito comentándole a una amiga;  “que necesidad tiene esta muchacha de hacer eso”,  y mi madre, hará su papel de madre en igualdad de derechos que cualquier otra madre, sin pagar ningún precio por tener una hija tetraplejica, “minusválida”.Cuando yo soy libre mi madre es libre y mi asistente personal en una mujer con trabajo.

La mayoría de las madres con “hijas minusválidas” tienen que dejar de ser madres para cuidar hijas adultas y la mayoría de las “mujeres minusválidas” no pueden ejercer una voluntad real, no tienen asistencia personal, y la mayoría de las mujeres que podrían trabajar potencialmente como asistentes personales no existen.

Yo soy una de esas pocas “ mujeres minusválidas” que no soy la mayoría, por eso puedo ir al hielo a bucear con otras “ mujeres normales” y puedo decidir no ir.

La asistencia personal es un derecho recogido en la Convención de los derechos de las personas con discapacidad, pero no lo sabe mucha gente.

Voy terminando los preparativos, ya tengo las cadenas para el coche y nos estamos organizándonos para ir juntos. Son unas 5 horas de viaje. Mi imaginación vuelve al lugar, todo blanco y mucha nieve rodean la furgoneta.

 

 

 

 

 

 

 

 

DIARIO DEL HIELO

Lunes 23. A 6 días del hielo.

Cardiaca y “Normal”

No es que tenga miedo a perecer en la nieve, ni que este pensando  cómo reaccionará  mi cuerpo a los no sé cuántos grados bajo cero (la cifra exacta no la he querido ni preguntar) a los que estará bajo el hielo. Creo que estoy cardiaca, en gran parte, por el miedo a todo lo que no puedo controlar. La psicosis del control  no vino con la silla ni con la diversidad,la traía yo en los genes (o es un trauma que me causo mi padre el día que nací) pero lleva años conmigo, y ciertamente  se incrementa y se hace latente ante situaciones en las que hecho de menos no poder poner las manos delante cuando me puedo caer. Creo que meterme en un agujero  helado en una estación de esquí, es una de esas situaciones en las que sin manos, si me tengo que caer, me voy a caer igual, así que si acordonó la zona previamente, mejor, y eso, exige control.

Hoy mordería lo que fuera del manojo de  nervios que soy, quiero saber ya el final de la aventura y me digo que después de ésta me dedicare a leer y pintar el atardecer de mi ventana, como me propuse hace pocos años, aunque sé, que no es verdad.

Hice casi toda la maleta por la mañana y pase el día actualizando el bloc de notas con tareas pendientes importantísimas.

Según lo escribo me doy cuenta de lo estúpido del asunto y vuelvo a abrir el bloc de notas y añado “ llamar a mama para ver cuando recoge al perro”. Continuación de lo estúpido.

Que estas sean mis emociones y tareas de hoy, me acerca más a Britge Jones que a una tetraplejica al uso  y me lleva a pensar donde me situó yo, más allá de lo que un primer vistazo pueda decir mi cuerpo a los demás.

No le voy a quitar mérito a mi día a día o a el camino recorrido, pero no ver mi situación privilegiada dentro de mi colectivo, seria dármelas de ciega.

Debería cerrar mi diario rosa de hoy, proponiéndome contar a lo largo de estos días, intercalado  a las peripecias del buceo, con que recursos estoy contando yo para poder sentirme “ Sindy vacaciones”, que cambiarían la vida de mis iguales “las mujeres minusválidas” para ir a bucear al hielo o para hacer lo que se les pusiera en los ovarios. Consciente de que es complicado hablar del derecho a bucear o a hacer macramé mirando a la luna, en tiempos de vacas flacas. El derecho a decidir como queremos vivir o a que dedicamos el tiempo libre, no es menos derecho que otro y de todos habrá que hablar. Dejando claro, que no me propongo arreglar el mundo en un diario de buceo.

Lo mas interesante del día de hoy, no son los preparativos del viaje, sino darme cuenta de que tengo mas ganas de hablar de la importancia de ser libre para poder tomar la decisión de ir a bucear al hielo, que de hablar de mi.

Buenas noches.

 

 

Azores. La gruta de Pedro

Un rincón de Santa María

Si ahora lo busco en un mapa, parece no apuntar en ninguna dirección. Verdes. Perdido en el Atlántico. Montañas verdes. Perdido en la pequeña Isla. Yucas en flor, blancas y verdes. Ese rincón se grabó en mi memoria. Altos bancales de viñedos. Consiguió que las revoluciones de mi mente se frenaran con cada segundo que pasaba allí. barrancos verdes. Paz y calma. El musgo verde bajo el agua de una pequeña cascada .Sentí que podía coger aíre para el resto de mi vida. Verdes montañas cortadas que van a parar al azul del mar. Fue un regalo saber que bucearíamos allí cuando la embarcación nos dejó ver que estábamos frente a ese paisaje. El verde más verde se une al azul más azul. El punto de inmersión quedaba muy cerca de esa bahía. Bucearíamos debajo de aquel rincón perfecto.

rincón Azores

 

 

 

 

 

 

Debajo de un rincón de Santa María

El mar estaba quieto rompiendo la maldición que acompaña al nombre del Atlántico. Suave espuma blanca. Y el sol calentaba de sobra el día, preparando una entrada tranquila, lejos de las corrientes que habíamos sufrido otros días. Un cosquilleo del sol en el hombro.

La majestuosa gruta se alzaba entre dos rocas. Piedra. Formando un triangulo que escondía dentro un azul eterno. Los focos de mi casco alumbraban las paredes donde las estrellas de mar de diversos colores compartían espacio. Rojos, naranjas. Los rayos de luz cortaban la piedra dibujando contraluces en gamas de azules. Transparente que tiñe de azul la roca. La gruta se abrió y una visibilidad inmensa nos dejó ver bicudas, moreias, rainhas, castanhetas, salmonetes, una raia, el baile de una liebre de mar. Negra, suave, viva. Y huidizos peixes balão. Todo entre las rocas y la fina arena. Una eternidad, un instante. Fuera del agua. Barrancos verdes. La bahía nos daba una posición en la tierra y volvía a ser protagonista, dejando atrás un azul intenso que recuerdo en pocas inmersiones. Infinito.

Gruta de Pedro II. Azores

Un lugar mágico con nombre en la pequeña isla de Santa María. Nombre que yo no te daré y lugar que no debes perderte.Gruta de Pedro 3. Azores

 

Gracias Pedro, Jorge y Manuel. Siempre a Tere y a Javi.

¡20.000 visitas! posicionamiento S.O.S

Todo el texto que plantea esta entrada es una excusa para colgar el video que encontraréis al final de la misma. Podéis ahorraros el discurso que sigue, e incluso el video si tenéis otra cosa que hacer.

Este video se comenzó hace años y su elaboración ha llevado lustros, así que os veréis más jóvenes. Adoro y respeto a su creador por mil virtudes y seis o siete defectos, y aunque ya os digo que el video no tiene mucho fondo y lo más pesado y bonito ha sido pedir y encajar vuestras fotos, tiene la intención de dar las gracias, que siempre son pocas, con cañeo y alevosía, como me gusta, y dar difusión a un blog que abandono en reiteradas ocasiones y luzco orgullosa en otras, pero que continuo porque escribir me descubre, me enseña a mirar y me ayuda a vomitar opiniones corregidas.

Rezare para no perder el norte de narrar lo que me apasiona y no ahogarme en contar los “me gustas”, el “retuiteo”, los posicionamientos SEO, o las estadísticas de visitas, y lucharé con una demanda de información que es más rápida que el punzón con el que escribo, porque consciente de que el blog y yo podemos ser más tristemente olvidados que un perro en la puerta de un súper, mi supervivencia bloguera depende de mi capacidad de trabajo y de no perder las ganas de tirarme a la piscina o más correctamente al mar, por lo que tratare de mimar y cuidar lo que aquí escriba y transmitir esas vibraciones que más fuertes que las feromonas de un caniche me acercan a quien me lee.

Para los que leyeron hasta aquí, espero que os guste el video y gracias por aguantarme en el sentimiento.

Hace un día gris, pero tú haces que vuele

Hoy hace un día gris como los que nos despertaban en La Graciosa cuando íbamos a bucear, que me ha recordado que una vez fui en zodiac de la isla de La Graciosa a Lanzarote, atada al asiento del patrón viendo a mi silla de ruedas jugarse la vida en el centro de una embarcación rodeada de maletas.

Ir en una zodiac siempre es una experiencia adrenalina y excitante. He ido despatarrada como un muñeco de plástico en el suelo, apoyando la espalda en el flotador y sujeta por más manos de las que puedo contar. También he tenido la suerte de ir sobre las piernas de algún mozo mojado de neopreno apretado, que sujeta mi brazo alrededor de su cuello para que no me tronche hacia tras. O como una señora, sentada en el asiento del patrón procurando tener cerca a mi asistente para subiéndome cada vez que me escurro con los botes.

Pero en esa ocasión la diferencia principal es que ni venia, ni iba a ver peces.

Debían ser las cinco de la mañana y el ferry que nos podía llevar a Lanzarote salía lo suficientemente tarde como para que perdiéramos el vuelo, así que el centro de buceo se ofreció como transporte alternativo y nos dio el último paseo en zodiac del viaje.

Llegamos al muelle todo el grupo de buceo con un arsenal de maletas, todavía era de noche y aunque al sol le quedaba poco para dar la cara, ahí no sonreía ni Dios por culpa del madrugón. Los compañeros del grupo de buceo cargaron las maletas en el centro de la zodiac y se sentaron en el flotador, poniendo bajo su culo una bolsa de basura para no calarse. Nadie pensó en ponerse el neopreno para coger el vuelo y nadie cayó en el “por si acaso me toca volver en zodiac”, cuando hizo la maleta. Así todos situados, yo en esta ocasión sentadita en el asiento del patrón con la capucha de la sudadero bien encajada en la cabeza y observando mi silla en el centro del barco presidiendo la travesía, tomamos rumbo a Lanzarote para terminar el puente de mayo.IMG_1568

Con un frío matutino que despertaba a un oso, bote para arriba y bote abajo, entrábamos en contacto con el agua, que sin medida nos daba una de cubo de agua y otra de gotitas de rocío, despertándonos y dejando que se dibujaran sonrisas en la cara de todos mientras recorríamos los 3 kilómetros que separaban las 2 islas. El olor del mar y las nubes que se levantaban para dejarnos ver los perfiles de ambas islas a un lado y otro, se mezclaban con ese nudo de felicidad y tristeza que aparece al final de cada viaje. Yo como loca viendo mi maleta viajando junto a mi silla en medio del atlántico en una neumática, con el alivió de lo que salió bien y emocionada con lo conocido.

Así entre recuerdos, cuando uno se pregunta por qué hace lo que hace, esto tan sonado, al menos de la boca de las madres, de; -que ganas de- toma un sentido claro; -por vivir, “mamá”, por vivir-.

Y aunque en este placido momento de escritura no cambio mi calefacción y mi chándal por ninguna propuesta, haber decido subir a una zodiac, en esa y en otras ocasiones, alimenta mi felicidad más que un bocadillo de paté y me da esperanza en la apocalíptica visión del mundo y la vida que se suele presentar en nuestras cabezas cada invierno.

Alimentemos nuestros sueños, la estación invernal comienza.

Pájaros enormes

 Pedro me señala al horizonte, a mi izquierda.

Habíamos ido a buscarlas lejos de la costa y parecían haber aceptado la cita. La corriente nos había alejado algo del cabo cuando vinieron lejanas hacia nosotros, una y otra y otra seguida de otra. Se seguían con un pausado y ensayado movimiento en las alas. Unas alas enormes que ganaban majestuosidad al acercarse.

Seres amorfamente lindos que tenían alas para moverse,  con las que abrían un espacio que marcaba  un invisible  camino en el gran azul. Volaban en el mar y volaron pasando tan cerca, como para tocarlas si mi tríceps apagado hubiera estirado el brazo. Tan cerca, que tuve que apartar la cabeza para no llevarme un aletazo. Eran pájaros enormes con aletas tan grandes como yo misma. Alas con piel de tiburón, suaves y lisas, siempre brillantes por el baño del agua.

La imaginación parecía no poder inventar un animal tan fascinador como había creado la diversidad del mar. Sus caras eran completamente desconocidas. Una gran boca, bajo dos pequeños ojos muy separados que sobresalían de su cara como en dos puntas de lanza, cada uno en una arista. Grisáceas en el lomo y blancas al dorso, donde sus branquias hacían sospechar que era un pez. Su cara y cuerpo era uno, que continuaba con dos grandes alas de tiburón triangulares y una fina y larga cola. Tan fantásticas como para amarlas, extrañas, diferentes y tan raras como yo para ellas.

A una profundidad de menos de diez metros, iban y venían acompañadas por enamoradas rémoras que saltaban de una a otra. Se movían con una armonía que me permitía disfrutarlas, mirarlas en multitud de distancias y en varios planos para luego desaparecer en una inmensa panorámica azul.

Un encuentro entre extraños al que me enganche, para repetir  y que no me hubiera importado alargar a la eternidad.

manta-raya 1 con marca de agua

 

manta-raya 2 marca de agua