DESDE AQUÍ PARA QUIEN SE VA

DESDE AQUÍ PARA QUIEN SE VA

Me dijo que era una lesión alta bien rehabilitada cuando me acerque a darle unas pegatinas que había hecho con el logo de la película de Acción mutante y la palabra respeta debajo. Me mostraba fuerte aunque tenía miedo porque estaba estrenando un cuerpo que no entendía cargado de referentes negativos. Es curioso que las cosas, momentos y personas que nos salvan la vida y nos convierten en quien somos nunca se esperan. Y al igual que ver Acción mutante y la liberadora escena de la boda bajo “aires de fiesta” de Karina fue clave en el hospital para saber que nunca me conformaría con un discurso único y médico sobre quien iba a ser ahora que, mi nombre se acompañaba y se eclipsaba de la palabra tetrapléjica, Javier Romañach me abrió las puertas de la vida que quería vivir cuando la pesada palabra lo inundó todo.

El flechado con el discurso de Romañach es una experiencia catártica que luego descubrí nos pasaba a mucha gente. En parte, por lo liberador de su narración, sus argumentos, su discurso teórico y vivencial y también porque se acompañaba de un carisma y personalidad que forman un líder.

Sí, no son tiempos de líderes y puede que la palabra no defina del todo al personaje, pero Romañach movía a las personas y a sus pensamientos haciéndolos saltar de las esferas más decrepitas de la lógica, obligándonos a pensar y a cambiar cosas.

Y así de escucharle a leerle y a no decirle que no.

Creía más en mí que yo misma, y de  nuevo, sospecho que no soy la única a quien le pasaba.

¿Cómo no agarrar fuerte su discurso y tratar de predicarlo? No sentía duda, la filosofía del Movimiento de Vida Independiente  se convertía en la salida, en el camino y en mi forma de vida, y todos los desencuentros y pasiones que me ha proporcionado y me proporciona, en gran parte se lo debo a él, y de nuevo, sospecho que no soy la única.

Ya no recuerdo si fueron, una, dos o tres, pero me enfadé en más de una conversación con él, cuando en realidad era conmigo, el tiempo le ha dado la razón.

“Volví Javier tenías razón” no lo dejaría nunca. Hacer de mi diversidad funcional un cuerpo político, una herramienta de lucha y una forma de cambio es mi cotidiano.

Estoy tremendamente agradecida a personas como Javier Romañach por inferir en quien soy hoy. No fueron los médicos a los únicos que les debo la vida, fueron los buenos discursos, los buenos discursos dichos por grandes personas, como los discursos de Javier.

Gracias. Descansa en paz

 

 

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Desmontando la superación. DTS 2017

El pasado 4 de marzo, Inma Marín me invitó a participar, contando mi historia como buceadora, en una charla en el Dive Travel Show para presentar su proyecto ‘she liv.es.’

El tiempo era muy limitado y éramos muchas asique fui rápida en mi presentación.

Os dejo aquí, el video que proyecté y algunas reflexiones que quería compartir y se quedaron en el tintero y que así también puedo compartir con quien no vino.

Gracias por acompañarme a los que estuvisteis y a Paula por este maravilloso video.

DESMONTANDO LA SUPERACIÓN

La propuesta de plantear que quien ha buceado conmigo en su mayoría lo ha hecho por puro placer me puede llevar a ser apedreada por quienes saben del esfuerzo que supone meterme al agua, pero sin quitarle miga a lo conseguido trataré de explicarme.

Tras cinco años de historietas de viajes de buceo creo que en general el mar nos apasiona a todos porque pone de manifiesto que nos necesitamos para mucho y que para disfrutar de algo tan hostil como es el mar, funcionar en equipo permite el disfrute. En parte, creo que nos gusta darnos cuenta de esto, porque la tierra es igual o más hostil, y en ella nos adiestraron para digerir demasiadas cosas de forma individual y autosuficiente, aunque esto es otra historia.

Podría con esto afirmar que no buceo por tener sensación de libertad sino por perder el control y sentirme en las  manos de quien decido confiar.

Continuando con la idea de necesitar de muchos debajo del agua caigo en la falacia de la superación, que se ha asociado en este mundo a mi persona.

La superación, a mi parecer, al menos como un concepto que se logra de forma individual y pese a todo, es una mentira peligrosa, ya que supone un sobreesfuerzo agotador y nos impide mostrarnos débiles y vulnerables, algo que también necesitamos decirnos para no creernos tan capaces y poderosos. Pese a todo y por encima de todo, no puede ser un buen mensaje.

Por eso creo que bucear conmigo no es solo una cuestión de superación por mi parte y de solidaridad de los demás. Creo que nos supone un nuevo reto que nos apetece, a quien le apetece, y se logra en conjunto por darnos un gustazo, por placer, por placer en equipo.

¿Gozamos? Gracias a todos los que lo hicisteis conmigo.

 

COSTA RICA MÁS ALLÁ DE LA ISLA DE COCOS

Publicado en:Escapate 21

“…pero así fue nuestro viaje de buceo a Costa Rica, en el que planeamos un viaje cruzándonos el país en coche y buceando en las islas remotas de Islas tortuga e Isla del Caño, con la osadía de saltarnos premeditadamente la Isla de Cocos y sus trescientos tiburones martillos, para emocionarnos con un arlequín que paraba en El acuario, un punto de buceo en el Pacífico Costarricense”.

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Una de las grandes mentiras del buceo es que para practicarlo y considerarse buceador haya que irse a la última isla, la más remota del Google Maps para poder decir: “Sí, me fui de viaje de buceo”.

También es mentira que tengas que realizar una media de tres inmersiones de buceo diarias como mínimo durante una semana, parando sólo para comer y a actualizar el logbook, para poder contar con la boca grande lo que se ve en la temporada primavera-verano en el destino elegido.

Otros lo que practican es una de peinar las costas y  darle más de una vuelta, aprovechando que la península ibérica es eso, una península, y que además esta al sur de Europa y tiene periodos de agua calentita.Dentro de esta tipología hay unos más radicales, de los que se podrían tatuar animales marinos y meterse en trajes secos en repetidas ocasiones, que recorren nuestras costas saltándose canarias durante todo el año, y diciendo con orgullo en febrero:  “Sí, este fin de semana también fui a bucear”.cr-puerto-viejo-26

Por una cuestión de seguir escribiendo en este medio, no voy a comentar más de estos especímenes que abundan como lectores de esta revista, y porque yo también he pecado de superbuza con frío y por vicio y no voy a renegar de mi pasado por si vuelve, pero en este momento de mi vida como buceadora, practico una última modalidad alejada de todas estas y que marcará la narración de mi viaje a Costa Rica, que es el cometido del presente artículo.

Esta modalidad podría descansar en un “porque tu puedes hacerlo” o en un más áspero “porque  tú puedes permitírtelo” pero que recae en su realidad, en una evolución y en una fuerte convicción moral en la que ando trabajando últimamente y que ayuda a frenar el mundo desquiciado en el que andamos subidos: la clave no esta tanto en lo que puedes hacer, como en hacer lo justo para encontrarse bien, como quien saborea un plato degustación que sin ser más grande que una aceituna esta viviendo una experiencia culinaria.

De esta forma, hay especímenes que nos vamos de viaje a la otra punto del atlántico días y días y buceamos seis veces, y además descaradamente, verbalizamos que entre otras cosas fue un  viaje de buceo. Puedo decir que no buceé más  porque no lo considere necesario y mi condición de tetrapléjica no fue una excusa.

Aclarado esto, habrá quien me mande un montón de mierdas con ojos o un puñado de bailarinas sevillanas, pero así fue nuestro viaje de buceo a Costa Rica, en el que planeamos un viaje cruzándonos el país en coche y buceando en las islas remotas de Islas tortuga e Isla del Caño, con la osadía de saltarnos premeditadamente la Isla de Cocos y sus trescientos tiburones martillos, para emocionarnos con un arlequín que paraba en El acuario, un punto de buceo  en el Pacífico Costarricense.img_9137

Tras llegar en ferry a la península de Nicoya, el centro de buceo que nos llevó a Islas Tortuga no necesitó de grandes infraestructuras para sorprendernos, de hecho, se componía de una pequeña caseta que tenía la magia de estar dentro de la reserva de Curú. Muchos de los animales que prometían las guías y salían dibujados en las entradas de los infinitos parques naturales que hay en el país, se nos habían resistido a la vista para sorprendernos allí revisando los equipos. Un mapache, un cervatillo y varios  monos nos observaron más atentos que un alumno de open wáter.

 Recuerdo ir en la zodiac con una sonrisa y la brisa en la cara, a lo que se sumaron las historias que el patrón nos contaba sobre ballenas jorobadas, a gritos y en lucha con el motor por ser escuchado. Estaban en época de cría, y aunque no pudimos verlas, nos emocionó escucharlas durante las inmersiones y saber que estaban cerca.cr-camino-islas-tortuga-06

Antes de ir a los puntos de buceo paramos frente a Isla Tolinga. La imagen era la portada de cualquier revista de vacaciones de sol y playa; arena blanca, palmeras y agua turquesa y calentita, con la diferencia de que los que estábamos allí éramos nosotros, en un aquí y ahora en el que no nos importó esperar a otro buzo un rato lo suficientemente largo para poder convertirse, a la madrileña, en una de insultos y berridos, pero que allí, en el agüita sospechosamente calentita del sorty, fue pura vida y calmita costarricense.

Ya en el punto de buceo, una entrada algo caótica, fue el previo al mar de fondo que no nos abandono en toda la inmersión y que subió el estatus de la segunda, de la que salíamos más contentos. Peces loro, peces Ángel y Mariposa, cirujanos y algún tiburón punta blanca, fueron los bichos que el Pacifico quiso enseñarnos. En una valoración de éstas que hacemos los buzos, en las que hasta ponerse el neopreno se recuerda  con gusto. Fue un buceo perfecto por mucho más que lo que se ve dentro del agua.

Tras el primer contacto con el buceo, nos dimos un tiempo en superficie de 4 días en el que bajamos toda la costa del Pacifico para llegar a la península de Osa y cruzar desde Bahía de Drake a Isla del Caño. A medio camino, comiendo en Uvita tras ver la playa de Marino Ballena, donde puedes ver como al subir la marea desaparece un espigón de arena y se enfrentan las olas de dos playas, y mientras veíamos jarrear agua sin intención de parar, el camarero nos avisó de los cinco ríos que el 4×4 que llevábamos tenía que pasar para llegar a Drake. Sin dejar de oír caer el agua a cubos, decidir si arriesgarnos a cruzar para llegar el día de buceo programado solo tenía una opción, esperaríamos al siguiente día.img_9070

Pasamos un río, y otro, y otro, hasta pararnos dudando desafiantes en el quinto y último, donde una ranchera  nos adelantó y como Moisés nos abrió paso para que consiguiéramos llegar a Drake, que tras todo el turismo visto los días anteriores, nos pareció, con sus calles de tierra y poco de todo, el rincón perdido de Costa Rica.img_9145

Al día siguiente, desde Drake a Isla del Caño una hora de trayecto en lucha con el Pacífico me movía  sentada en mi silla de un lado a otro y me hubiera sacado por la borda si no hubiera sido por el puñado de pies y manos que apretaban la silla contra el suelo. Cada vez que poníamos la sonrisa que debía de ser recompensada con una brisa marinera, el mar que no hace justicia a su nombre, nos vomitaba agua de frente, rompiendo el encanto y desmontando mi bucólica imagen de ir en barco. Al día siguiente se aderezó con una lluvia intensa  que no paró hasta que entramos en el agua. Humedad del 100% para aliviar nuestras contaminadas pituitarias nasales.

Los dos días que buceamos en la Isla de Caño comenzaban pasados por agua, pero al salir del agua se transformaban el días soleados frente a una isla desierta, borrando las partidas de turistas que traían pequeñas embarcaciones, que pese a no ser pocos, pasaban desapercibidos a la vista entre la inmensidad de vegetación de la isla.img_9074

Los puntos de buceo nos ofrecieron más visibilidad y más vida que en la península de Nicoya y donde entre tortugas, peces globo, langostas, peces cubo, barracudas, rayas, morenas, erizos y estrellas de mar, una cantidad de  tiburones  punta blanca no dudaron en mirarnos a la cara y deleitarnos con un baile de aletas que envidiarían muchas caderas.img_9125 Haciendo las paces con el Pacífico, el último día nos dio un viaje tranquilo de vuelta a la bahía, en el que pudimos ver los enormes lomos de varias ballenas jorobadas.img_9161

Nos despedimos de Drake con un atardecer inmenso que cambiaba de color con cada parpadeo y nos dirigimos al último lugar de buceo que habíamos programado, en la zona de limón en Puerto Viejo de Talamanca, al otro lado del país en el Caribe.

Tras cruzar el Cerro de la Muerte, que me permite con el nombre ahorrarme la narración y más de dos semanas de viaje, los costarricenses afrodescendientes de los habaneros, nos esperaban con reggae, cervezas fresquitas en pequeñas playas y sobornos con guanábanas, mangos y jugos de papaya, a lo que nos rendimos, y el buceo se redujo a un maravilloso baño nocturno con la ultima luna llena que veríamos desde Costa Rica, sin prestar atención al acecho de los mosquitos que despuntaban con la caída del sol.

Podría decir que la pura vida es como quién se compra un ordenador un sábado después de un Black Friday, pero sin sentirte estúpido, porque hacer lo que quieres cuando quieres  puede que sea inteligente a veces y esta infravalorado en nuestro paraíso del consumo y la prisa.

Gracias hermano por querer seguir haciendo el mono conmigo siempre, a Maria por ser una tremenda profesional y a Javi por seguir escribiendo historias de sirenas.

LA CUEVA DEL AGUA, promesas que llegan

-Bucearemos en la cueva del agua-. Era una promesa de estas que si no se cumplen siempre tienen escusa porque apuntan muy alto, pero que si se cumplen, nos acercan a lo irreal y te permiten saber que siempre hay algo más lejos que el final del camino. Sergi quiso cumplirla y el club Oceánides, fue imprescindible.

Por mucho que  tratamos de organizar y provocar aquel momento que promete ser inolvidable o en el que se dará un encuentro que nos cambiará la vida, que  nos ayudará a entender qué hacemos aquí o al menos, que menos, nos llenará tanto como para volver a ilusionarnos hasta la próxima caída. Éstos, siempre se producen un día cualquiera.

Cada día, muchas personas se desilusionan ante un gran momento que prepararon y otras, viven una casualidad que provocará una de esas miradas diferentes que supera la vida que soñaban. Algo incontrolable, que el tiempo nos acaba regalando a todas.

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Hace unos años tuve uno de esos encuentros que vistos ahora me maravillan por todo lo que me han dado y la válvula de escape que me proporcionaron y me proporcionan y que en su continuación me llevaron a bucear el pasado mes de mayo en la Cueva del Agua.

La primera vez que buceé el flechazo entre el agua, los peces y yo no fue tal. El amor no está sencillo y las pasiones, menos. Las miradas, las sonrisas y las personas que las portaban fueron las cómplices imprescindibles del mar, y las responsables directas de que hoy haya muchos lugares inundados de agua donde puedo parar el tiempo, el sinsentido de demasiadas cosas y disfrutar del placer más que carnal de bajar la guardia y dejarme llevar en cada inmersión, sabiendo que mi vida depende de otras personas durante unos minutos. Personas con las que no puedo hablar, más lejos de dos gestos, pero en las que confío plenamente lo más valioso que tengo, mi sensación de libertad.

Tres buzos y una buza me miraron a los ojos en L´ Azohia hace cinco años. Con ella, una mujer valiente que me ha enseñado mucho, he buceado en los mejores lugares del Caribe y en el cenote más espectacular. Con dos de ellos he entendido en que consiste la inclusión real, cuando las diferencias solo pueden sumar y enriquecer a un grupo, sintiendo que pertenezco a su club de buceo con más espíritu que un hooligan. Con el cuarto, responsable principal de aquel encuentro, he tenido el regalo de volver a bucear en esa cueva, un lugar mágico donde el cruce de miradas que sigue a la señal con los dedos y a un ligero movimiento de mi cabeza, nos situaron en el instante donde te dejas caer en sus manos y lo que suceda, solo puede ser bueno.

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-Bucearemos en la cueva del agua-. Era una promesa de estas que si no se cumplen siempre tienen escusa porque apuntan muy alto, pero que si se cumplen, nos acercan a lo irreal y te permiten saber que siempre hay algo más lejos que el final del camino. Sergi quiso cumplirla y el club Oceánides, fue imprescindible.

 La entrada a la cueva se planteaba difícil para bajarme, recuerdo que en las primeras conversaciones salieron los GEOS como necesarios, después la tirolina que se monta para bajar los equipos podía ser la solución para bajarme y finalmente, viendo que no faltaban brazos para abrazarme hasta el agua, una camilla de rescate rodeada de ellos me llevó hasta la entrada.

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Pasando de mano en mano, asegurando donde pisaba cada pie, un montón de Oceánides, Sergi, su compañero, mi asistente y buzas de tierra me situaron tumbada en un espacio plano a la orilla del agua.

Encajamos en mi cuerpo las últimas piezas de neopreno que me faltaban y con un correspondiente sondaje galáctico entre piedras y cremalleras, estaba en el agua preparada para meter la cabeza.

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Llevábamos dos días de buceo por cavernas de la zona y siendo mayo, el agua no andaban aún muy caliente, asique los 25 grados de la cueva fueron un regalo para mi cuerpo, que llevaba dos días encogiendo mis hombros en busca de un poco de tiritona que lo calentara y que mi médula no tuvo la cortesía de regalarle.IMG_7964

Dentro, el agua presentó su primer espectáculo cuando la diferencia de densidades del agua distorsionó con brillos lo que veían los ojos , el juego de temperaturas entre 25 y 29 grados engañó al cuerpo con un masaje en los capilares, que se abrieron y cerraron adaptando el cuerpo a lo placentero y la panorámica de lo que encierra la tierra, culpa de la oscuridad sorprendida por los focos de nuestras linternas y de la arcilla empapada que creaba la cueva, presentaba formas que solo saben describir los relatos, llevándonos ligeros, disfrutando, intentando que un movimiento impreciso no levantara la débil tierra mojada que borrara la foto de la que disfrutaban nuestras miradas.

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Fuera, de nuevo las sonrisas cómplices que crea la pasión por el buceo, cerraban el fin de semana con conversaciones sobre futuros viajes y próximos mares, confirmando que repetiríamos, que los años pasaran de manos del buceo, con quien empecé, con aquel momento que le dio el giro a los sueños, el justo y preciso para ponerlos en sintonía con lo posible.

Gracias a todos los que abrazáis mi cuerpo y lo acercáis al corazón de la madre tierra.

Puesta de sol

Su cerebro le ha robado los brazos a Mr. Potato y, literalmente, los ha encajado a ambos lados, uno por lóbulo, en su gelatinosa piel. Sus dos nuevas extremidades cerebrales, agarran fuertemente dos piolet bien afilados y comienzan a subir el primer pedrusco.

Su cerebro avanza impaciente, pensando más lejos del siguiente obstáculo , mientras sus nuevos brazos, armados de coraje, tienen suficiente trabajo y más con clavar el piolet en el siguiente nivel.

En la parte trasera de esta masa rosada donde los axones trabajan incansables, lleva cosida a máquina y con doble costura una muñeca hinchable sin aire, de 165 centímetros, pechos pequeños y  sin orificios morbosos.

Como su eterna acompañante se arrastra tras él sin necesidad de cruz.

Cada movimiento que realizan sus estrenados apéndices, lleva por detrás 165 centímetros de plástico, que se deslizan inmóviles con la fricción como único contacto con el suelo. Él continúa  pensando, logrando olvidar entre cavilación y cavilación las sensaciones y peso que la muñeca supone en cada paso que marca su progreso.

Cada metro escalado es una nueva perspectiva para su mirada perdida de ojos invisibles. Perspectivas que no calman su pensamiento, sino que añaden factores que hacen rodar confabulaciones distintas que siempre llegan al mismo punto. La altura que gana con cada conquista de espacio se acompaña de una suave brisa sin gaviotas.

Lúcido, mas de lo que cree, sostiene el cuerpo deshinchado con una mano mientras con la otra, el piolet sube un pedrusco de un solo salto, parando su pensamiento un instante y dejando escapar una sonrisa a su ego por la proeza.

A la altura suficiente, en un punto de la ladera, se para y comienza a inflar su cuerpo de plástico, lo justo para conseguir que se siente en una postura fija junto a él, sin tirar de las costuras que no cedieron ni un ápice durante el recorrido. Son uno.

Su viscoso cerebro mira a la muñeca sin rencores y dejándose llevar por un sentimiento que aún no entiende, se posa sobre su inexpresivo hombro y dirige la mirada hacia el mar para contemplar otra caída del día.

Su cerebro esta cansado, la muñeca dolorida. Desde la punta de la otra montaña parecen tranquilos, podrían desatar las más podridas envidias.

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En cubierta respirando

“No estaba alerta, ni pendiente, ni agasajada, sólo estaba disfrutando con unos amigos de las maravillas del buceo”

 

Puede  que me ahogue al día una y otra vez buscando aire para enfrentarme a lo que me da miedo.

Aquello aparentemente sencillo, se revuelve y nos roba la sonrisa, y con ello convivo eterno, como nos pasa a todos.

Incluso calmando el ansia, con el tiempo que tanto nos enseña, no encuentro otra forma de vivir que no sea poniéndome delante del miedo y pidiéndole que me dé la oportunidad de enfrentarme a él.

He pasada miedo viajando y buceando, me he sentido asustada e histérica reclamando mi espacio y mi oportunidad de llegar donde estaban otros, y he sentido la inclusión de ser una más, con los cuidados justos y el espacio de estar sola ante mis decisiones. Siento que el mar es un terreno conquistado, sin ser mío, puedo participar de él con mis particularidades.

Sentada en la cubierta del barco, en mi ultima inmersión en el Algarve, recuerdo tener esa sensación extraña, conocida, pero lejana, en la que no estaba alerta, ni pendiente, ni agasajada, solo estaba disfrutando con unos amigos de las maravillas del buceo. Como quien cierra un capitulo de un libro, sentí placer y extrañeza. El buceo me ha permitido coger aire en muchas ocasiones y me mantiene cuerda, por eso sé que no dejaré de bucear nunca, aunque siento y sentí en aquel momento que es momento de conquistar espacios más cercanos, aparentemente más sencillos, de los que tuve miedo y ahora, con algo de impuso, quiero volver a mirar, para volver a preguntar ¿y tú, que miras?.

No me gusta citar a concretos en los post, por aquello de dejarlo en la escritura, pero consciente de que de alguna forma voy a invernar y el blog conmigo, me permitiré la excepción y le agradezco a Javi, mi compañero de buceo por tanto y por montar estos videos que me devuelven al mar cuando me seco, a Francisco y a por ese encuentro en una feria de buceo que me regalo del Ocean revival y ese momentito de paz en la cubierta y al club Oceánides por mirarme siempre con la igualdad que me devuelve a quien soy más allá del movimiento.

Otro video magnifico Javi.

 

Razones

Te miraría una y mil veces si fuera siempre como esta primera. Un cosquilleo que nace en los pies y escala cada fibra de mis músculos paralizándolos más lejos del movimiento, paralizándolos en el deseo de la huida, una huida necesaria porque tengo miedo. Miedo, pavor y un morbo que se deposita en mis carrillos que vasculan sangre en cada poro que me sonroja y muestra en mi cara el placer, un placer visible en el instante en que mis ojos desvían mi mirada, asustados por el encuentro que se acerca a mi , nuevo, excitante, sin aire. Con una bocanada grande busco la salida a un contacto que espero. Preparo una sonrisa que mis labios balbucean levemente aterrados. Cierro los ojos que no tardaran en abrirse porque no están dispuestos a perderse un encuentro que no saben si se repetirá, y si lo hace, no será igual, porque nunca es igual. El latido rápido de mi corazón me lleva a la cima donde la milésima anterior a volver a respirar nuevamente, me deja situarme en la escena, para saber que estoy experimentando el acto de encontrarme ante mi un lugar desconocido que voy a explorar desde el interior hacia fuera, y no me arrepiento, viajar es mi placer eterno.

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