LA CUEVA DEL AGUA, promesas que llegan

-Bucearemos en la cueva del agua-. Era una promesa de estas que si no se cumplen siempre tienen escusa porque apuntan muy alto, pero que si se cumplen, nos acercan a lo irreal y te permiten saber que siempre hay algo más lejos que el final del camino. Sergi quiso cumplirla y el club Oceánides, fue imprescindible.

Por mucho que  tratamos de organizar y provocar aquel momento que promete ser inolvidable o en el que se dará un encuentro que nos cambiará la vida, que  nos ayudará a entender qué hacemos aquí o al menos, que menos, nos llenará tanto como para volver a ilusionarnos hasta la próxima caída. Éstos, siempre se producen un día cualquiera.

Cada día, muchas personas se desilusionan ante un gran momento que prepararon y otras, viven una casualidad que provocará una de esas miradas diferentes que supera la vida que soñaban. Algo incontrolable, que el tiempo nos acaba regalando a todas.

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Hace unos años tuve uno de esos encuentros que vistos ahora me maravillan por todo lo que me han dado y la válvula de escape que me proporcionaron y me proporcionan y que en su continuación me llevaron a bucear el pasado mes de mayo en la Cueva del Agua.

La primera vez que buceé el flechazo entre el agua, los peces y yo no fue tal. El amor no está sencillo y las pasiones, menos. Las miradas, las sonrisas y las personas que las portaban fueron las cómplices imprescindibles del mar, y las responsables directas de que hoy haya muchos lugares inundados de agua donde puedo parar el tiempo, el sinsentido de demasiadas cosas y disfrutar del placer más que carnal de bajar la guardia y dejarme llevar en cada inmersión, sabiendo que mi vida depende de otras personas durante unos minutos. Personas con las que no puedo hablar, más lejos de dos gestos, pero en las que confío plenamente lo más valioso que tengo, mi sensación de libertad.

Tres buzos y una buza me miraron a los ojos en L´ Azohia hace cinco años. Con ella, una mujer valiente que me ha enseñado mucho, he buceado en los mejores lugares del Caribe y en el cenote más espectacular. Con dos de ellos he entendido en que consiste la inclusión real, cuando las diferencias solo pueden sumar y enriquecer a un grupo, sintiendo que pertenezco a su club de buceo con más espíritu que un hooligan. Con el cuarto, responsable principal de aquel encuentro, he tenido el regalo de volver a bucear en esa cueva, un lugar mágico donde el cruce de miradas que sigue a la señal con los dedos y a un ligero movimiento de mi cabeza, nos situaron en el instante donde te dejas caer en sus manos y lo que suceda, solo puede ser bueno.

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-Bucearemos en la cueva del agua-. Era una promesa de estas que si no se cumplen siempre tienen escusa porque apuntan muy alto, pero que si se cumplen, nos acercan a lo irreal y te permiten saber que siempre hay algo más lejos que el final del camino. Sergi quiso cumplirla y el club Oceánides, fue imprescindible.

 La entrada a la cueva se planteaba difícil para bajarme, recuerdo que en las primeras conversaciones salieron los GEOS como necesarios, después la tirolina que se monta para bajar los equipos podía ser la solución para bajarme y finalmente, viendo que no faltaban brazos para abrazarme hasta el agua, una camilla de rescate rodeada de ellos me llevó hasta la entrada.

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Pasando de mano en mano, asegurando donde pisaba cada pie, un montón de Oceánides, Sergi, su compañero, mi asistente y buzas de tierra me situaron tumbada en un espacio plano a la orilla del agua.

Encajamos en mi cuerpo las últimas piezas de neopreno que me faltaban y con un correspondiente sondaje galáctico entre piedras y cremalleras, estaba en el agua preparada para meter la cabeza.

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Llevábamos dos días de buceo por cavernas de la zona y siendo mayo, el agua no andaban aún muy caliente, asique los 25 grados de la cueva fueron un regalo para mi cuerpo, que llevaba dos días encogiendo mis hombros en busca de un poco de tiritona que lo calentara y que mi médula no tuvo la cortesía de regalarle.IMG_7964

Dentro, el agua presentó su primer espectáculo cuando la diferencia de densidades del agua distorsionó con brillos lo que veían los ojos , el juego de temperaturas entre 25 y 29 grados engañó al cuerpo con un masaje en los capilares, que se abrieron y cerraron adaptando el cuerpo a lo placentero y la panorámica de lo que encierra la tierra, culpa de la oscuridad sorprendida por los focos de nuestras linternas y de la arcilla empapada que creaba la cueva, presentaba formas que solo saben describir los relatos, llevándonos ligeros, disfrutando, intentando que un movimiento impreciso no levantara la débil tierra mojada que borrara la foto de la que disfrutaban nuestras miradas.

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Fuera, de nuevo las sonrisas cómplices que crea la pasión por el buceo, cerraban el fin de semana con conversaciones sobre futuros viajes y próximos mares, confirmando que repetiríamos, que los años pasaran de manos del buceo, con quien empecé, con aquel momento que le dio el giro a los sueños, el justo y preciso para ponerlos en sintonía con lo posible.

Gracias a todos los que abrazáis mi cuerpo y lo acercáis al corazón de la madre tierra.

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