Puesta de sol

Su cerebro le ha robado los brazos a Mr. Potato y, literalmente, los ha encajado a ambos lados, uno por lóbulo, en su gelatinosa piel. Sus dos nuevas extremidades cerebrales, agarran fuertemente dos piolet bien afilados y comienzan a subir el primer pedrusco.

Su cerebro avanza impaciente, pensando más lejos del siguiente obstáculo , mientras sus nuevos brazos, armados de coraje, tienen suficiente trabajo y más con clavar el piolet en el siguiente nivel.

En la parte trasera de esta masa rosada donde los axones trabajan incansables, lleva cosida a máquina y con doble costura una muñeca hinchable sin aire, de 165 centímetros, pechos pequeños y  sin orificios morbosos.

Como su eterna acompañante se arrastra tras él sin necesidad de cruz.

Cada movimiento que realizan sus estrenados apéndices, lleva por detrás 165 centímetros de plástico, que se deslizan inmóviles con la fricción como único contacto con el suelo. Él continúa  pensando, logrando olvidar entre cavilación y cavilación las sensaciones y peso que la muñeca supone en cada paso que marca su progreso.

Cada metro escalado es una nueva perspectiva para su mirada perdida de ojos invisibles. Perspectivas que no calman su pensamiento, sino que añaden factores que hacen rodar confabulaciones distintas que siempre llegan al mismo punto. La altura que gana con cada conquista de espacio se acompaña de una suave brisa sin gaviotas.

Lúcido, mas de lo que cree, sostiene el cuerpo deshinchado con una mano mientras con la otra, el piolet sube un pedrusco de un solo salto, parando su pensamiento un instante y dejando escapar una sonrisa a su ego por la proeza.

A la altura suficiente, en un punto de la ladera, se para y comienza a inflar su cuerpo de plástico, lo justo para conseguir que se siente en una postura fija junto a él, sin tirar de las costuras que no cedieron ni un ápice durante el recorrido. Son uno.

Su viscoso cerebro mira a la muñeca sin rencores y dejándose llevar por un sentimiento que aún no entiende, se posa sobre su inexpresivo hombro y dirige la mirada hacia el mar para contemplar otra caída del día.

Su cerebro esta cansado, la muñeca dolorida. Desde la punta de la otra montaña parecen tranquilos, podrían desatar las más podridas envidias.

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