Hace un día gris, pero tú haces que vuele

Hoy hace un día gris como los que nos despertaban en La Graciosa cuando íbamos a bucear, que me ha recordado que una vez fui en zodiac de la isla de La Graciosa a Lanzarote, atada al asiento del patrón viendo a mi silla de ruedas jugarse la vida en el centro de una embarcación rodeada de maletas.

Ir en una zodiac siempre es una experiencia adrenalina y excitante. He ido despatarrada como un muñeco de plástico en el suelo, apoyando la espalda en el flotador y sujeta por más manos de las que puedo contar. También he tenido la suerte de ir sobre las piernas de algún mozo mojado de neopreno apretado, que sujeta mi brazo alrededor de su cuello para que no me tronche hacia tras. O como una señora, sentada en el asiento del patrón procurando tener cerca a mi asistente para subiéndome cada vez que me escurro con los botes.

Pero en esa ocasión la diferencia principal es que ni venia, ni iba a ver peces.

Debían ser las cinco de la mañana y el ferry que nos podía llevar a Lanzarote salía lo suficientemente tarde como para que perdiéramos el vuelo, así que el centro de buceo se ofreció como transporte alternativo y nos dio el último paseo en zodiac del viaje.

Llegamos al muelle todo el grupo de buceo con un arsenal de maletas, todavía era de noche y aunque al sol le quedaba poco para dar la cara, ahí no sonreía ni Dios por culpa del madrugón. Los compañeros del grupo de buceo cargaron las maletas en el centro de la zodiac y se sentaron en el flotador, poniendo bajo su culo una bolsa de basura para no calarse. Nadie pensó en ponerse el neopreno para coger el vuelo y nadie cayó en el “por si acaso me toca volver en zodiac”, cuando hizo la maleta. Así todos situados, yo en esta ocasión sentadita en el asiento del patrón con la capucha de la sudadero bien encajada en la cabeza y observando mi silla en el centro del barco presidiendo la travesía, tomamos rumbo a Lanzarote para terminar el puente de mayo.IMG_1568

Con un frío matutino que despertaba a un oso, bote para arriba y bote abajo, entrábamos en contacto con el agua, que sin medida nos daba una de cubo de agua y otra de gotitas de rocío, despertándonos y dejando que se dibujaran sonrisas en la cara de todos mientras recorríamos los 3 kilómetros que separaban las 2 islas. El olor del mar y las nubes que se levantaban para dejarnos ver los perfiles de ambas islas a un lado y otro, se mezclaban con ese nudo de felicidad y tristeza que aparece al final de cada viaje. Yo como loca viendo mi maleta viajando junto a mi silla en medio del atlántico en una neumática, con el alivió de lo que salió bien y emocionada con lo conocido.

Así entre recuerdos, cuando uno se pregunta por qué hace lo que hace, esto tan sonado, al menos de la boca de las madres, de; -que ganas de- toma un sentido claro; -por vivir, “mamá”, por vivir-.

Y aunque en este placido momento de escritura no cambio mi calefacción y mi chándal por ninguna propuesta, haber decido subir a una zodiac, en esa y en otras ocasiones, alimenta mi felicidad más que un bocadillo de paté y me da esperanza en la apocalíptica visión del mundo y la vida que se suele presentar en nuestras cabezas cada invierno.

Alimentemos nuestros sueños, la estación invernal comienza.

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